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Entrevista al Dr. Hans-Hermann Hoppe. The Daily Bell

Posted By: admin on 19 February, 2013 in Cedice, Destacado, Formación, Ideas para la Libertad - Comments: No Comments »

Entrevista al Dr. Hans-Hermann Hoppe sobre la inviabilidad de un Gobierno Único Mundial y el fracaso de la Democracia al estilo occidental. The Daily Bell se complace en presentar una entrevista exclusiva con el Dr. Hans-Hermann Hoppe.

Introducción

El Dr. Hans-Hermann Hoppe, nacido en 1949 en Peine, Alemania, estudió filosofía, sociología, economía, historia y estadísticas en la Universidad de Saarland, en Saarbrücken, en la Universidad Johann Wolfgang Goethe, de Francfort am Main, y en la Universidad de Michigan, en Ann Arbor. Recibió su doctorado (Filosofía, 1974, bajo la dirección de Jürgen Habermas) y obtuvo su grado de “habilitación” (Fundamentos de Sociología y Economía, 1981), ambos, en la Universidad Goethe en Frankfurt.

En 1985, Hoppe se trasladó a Nueva York para trabajar con Murray N. Rothbard (1926-1995), el estudiante estadounidense más prominente del economista austriaco Ludwig von Mises (1881-1973). En 1986, Hoppe siguió a Rothbard a la Universidad de Nevada, Las Vegas, donde se desempeñó como profesor de economía hasta su jubilación en 2008. Después de la muerte de Rothbard, Hoppe también sirvió durante muchos años como editor del Quarterly Journal of Austrian Economics y del interdisciplinario Diario de Estudios Libertarios. Hoppe es un miembro distinguido del Instituto Ludwig von Mises, en Auburn, Alabama, y fundador y presidente de la Sociedad “Propiedad y Libertad”. Actualmente vive con su esposa la Dra. Guelcin Imre, su colega economista, en Estambul, Turquía.

Hoppe es el autor de ocho libros – el más conocido de los cuales es La Democracia: el Dios que falló – y más de 150 artículos en libros, revistas académicas y revistas de opinión. Como prominente economista internacional de la Escuela austríaca y filósofo libertario, ha dado conferencias en todo el mundo y sus escritos han sido traducidos a más de veinte idiomas.

En 2006, Hoppe fue galardonado con el Premio a la Trayectoria por la Causa de la Libertad “Gary S. Schlarbaum”, y en 2009 recibió el Premio “Franz Cuhel Memorial” de la Universidad de Economía de Praga. En ocasión de su 60 cumpleaños, en 2009, se publicó un Festschrift en su honor: Jörg Guido Hülsmann y Stephan Kinsella (eds.), “La Sociedad “Propiedad y Libertad”. Ensayos en honor a Hans-Hermann Hoppe”. El sitio web personal de Hoppe es www.HansHoppe.com. Allí, el grueso de sus escritos académicos y populares, así como muchas grabaciones de conferencias públicas están disponibles en formato electrónico.

Daily Bell: Por favor, conteste estas preguntas como si nuestros lectores no estuviesen familiarizados con su gran obra ni con sus opiniones. Vayamos al grano ¿Porqué la democracia es “el Dios que falló?”

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: La forma de estado tradicional, pre-moderna, es la de una monarquía (absoluta). El movimiento democrático fue dirigido contra los reyes y las clases hereditarias de la nobleza. La monarquía fue criticada por ser incompatible con el principio básico de “igualdad ante la ley”. Se basaba en privilegios y era injusta y explotadora. Se creyó que la democracia sería la solución a esta situación. Al permitir la participación y la libre entrada al gobierno estatal a todas las personas en igualdad de condiciones, proclamaban los defensores de la democracia, la igualdad ante la ley sería realidad y reinaría la verdadera libertad. Pero todo esto es una gran equivocación.

Es cierto que bajo la democracia cualquiera puede ser rey, por así decirlo, y no sólo un círculo privilegiado de personas. Así, en una democracia, teóricamente no existen privilegios personales.Sin embargo si existen privilegios funcionales y funciones privilegiadas. Los funcionarios públicos, si actúan en carácter oficial, son gobernados y protegidos por el derecho público “y por tanto ocupan una posición privilegiada vis-à-vis las personas que actúan bajo la mera autoridad del “derecho privado”. En particular, los funcionarios públicos están autorizados para financiar o subvencionar sus propias actividades por medio de impuestos. Es decir, están autorizados a practicar, y vivir a costa de lo que, en el ámbito privado, entre sujetos de derecho privado, está prohibido y se considera “robo” y “expoliación”. Así que el privilegio y la discriminación legal – y la distinción entre gobernantes y súbditos – no desaparecen en la democracia.

Peor aún: bajo la monarquía, la distinción entre gobernantes y gobernados es clara. Sé, por ejemplo, que nunca llegaré a ser rey, y debido a eso tenderé a resistir los intentos del rey de aumentar los impuestos. Bajo la democracia, la distinción entre gobernantes y gobernados se vuelve borrosa. Puede surgir la ilusión que “nos gobernamos a nosotros mismos”, haciendo que la resistencia contra el aumento de los impuestos sea disminuida en consecuencia. Yo podría terminar en el extremo receptor: como receptor de impuestos en lugar de alguien que pagaimpuestos, y en ese caso vería la tributación desde un punto de vista más favorable.

Y además: siendo un monopolista hereditario, el rey considera el territorio y las personas bajo su dominio como su propiedad personal. Consecuentemente irá a explotar monopolísticamente esa “propiedad”. Bajo la democracia, el monopolio y la explotación monopolística no desaparecen. Más bien, lo que pasa es esto: en vez de un rey y una nobleza, que consideran al país como su propiedad privada, se coloca un custodio, temporal e intercambiable, al mando monopólico del país. El custodio no es propietario del país, pero mientras esté en el poder podrá utilizarlo legalmente para beneficio suyo y de sus protegidos. Es dueño del uso corriente – delusufructo – pero no es dueño de la riqueza, del capital, del país. Esto no elimina la explotación. Por el contrario, hace que la explotación sea menos sopesada, menos medida y llevada a cabo con poca o ninguna consideración para con el capital del país. La explotación se vuelve más intensa y se promueve sistemáticamente el consumo del capital.

Daily Bell: Si la democracia ha fracasado qué pondría usted en su lugar? ¿Cuál es la sociedad ideal? El anarco-capitalismo?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: Yo prefiero el término “sociedad de derecho privado”. En una sociedad de derecho privado, toda persona e institución está sujeta al mismo conjunto de leyes. No existen leyes públicas que concedan privilegios a personas o a funciones específicas en este tipo de sociedad. Sólo existen el derecho y la propiedad privados, aplicables por igual a todas y cada una de las personas. Nadie podría adquirir propiedades por medios que no fuesen la producción, el intercambio voluntario, o la apropiación original de recursos sin dueño legítimo previo (baldíos), y además, nadie poseería el privilegio de cobrar impuestos ni de expropiar. Por otra parte, nadie podría prohibir a otra persona el utilizar su propiedad a fin de ingresar en cualquier sector de la economía que ella desease y competir en el mercado contra quien quisiese.

Daily Bell: ¿Cómo se ofrecerían los servicios de justicia y orden en esta sociedad? ¿Cómo funcionaría su sistema ideal de justicia?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: En una sociedad de derecho privado, la producción de ley y orden – protección – se llevaría a cabo por individuos y organismos que, financiados libremente, compitan entre sí por una clientela dispuesta a pagar (o a no-pagar) exactamente como ocurre con la producción de otros bienes y servicios. El funcionamiento de este sistema puede entenderse mejor al contrastarlo con el funcionamiento de nuestro actual, y muy conocido, sistema estatista. Si uno quisiera resumir en una palabra la diferencia decisiva – y la ventaja – de una industria de protección competitiva en comparación con la práctica estatista actual, la palabra sería: contrato.

El estado opera en un vacío legal. No existe ningún contrato entre el estado y sus ciudadanos. No se fija por contrato, qué bien es propiedad de quién, ni qué bien, en consecuencia, debe ser protegido. No se ha fijado que servicios debe proporcionar el estado, ni que va a suceder si el estado falla en sus deberes, ni cuál será el precio que el “consumidor” de tales “servicios” tendría que pagar. Por el contrario, el estado fija unilateralmente las reglas del juego y las puede cambiar, mediante legislación, en el transcurso del juego. Obviamente, este comportamiento es inconcebible para proveedores de servicios de protección financiados libremente. Imagínese un proveedor de protección, sea la policía, la compañía de seguros o un árbitro, cuya oferta consistiese en algo más o menos así: yo no voy a garantizar nada contractualmente. No voy a decirle lo que estoy obligado a hacer si, según su opinión, no cumplo a usted con mi servicio – pero en todo caso, me reservo el derecho de determinar unilateralmente el precio que usted tiene que pagar por tan indefinido servicio. Cualquier proveedor de servicios de protección de este tipo, desaparecería inmediatamente del mercado debido a la falta absoluta de clientela.

En vez de actuar así, cada productor privado de protección, libremente financiado, tendría que ofrecer a sus clientes potenciales un contrato. Y estos contratos, a fin de ser considerados aceptables para consumidores que están pagando voluntariamente por ellos, deben contener cláusulas y descripciones totalmente claras de la propiedad, así como también, claramente definidos los servicios y las obligaciones mutuas. Cada una de las partes de un contrato, a lo largo de su duración o hasta el cumplimiento del contrato, estarían vinculadas a él de acuerdo a sus términos y condiciones, y cualquier cambio en dichos términos o condiciones requeriría el consentimiento unánime de todas las partes interesadas.

En concreto, para ser tenidos como aceptables por sus potenciales compradores, estos contratos tendrían que contener cláusulas especificando lo que se haría en caso de un conflicto o controversia entre el protector o agencia aseguradora y sus asegurados, así como también en el caso de conflicto entre diferentes protectores o agencias aseguradoras y sus respectivos clientes. Y en este sentido sólo existe una solución mutuamente aceptable: en estos casos las partes en conflicto se comprometen contractualmente a someterse a un tribunal de arbitramento dirigido por un tercero que sea independiente y que goce de la confianza mutua de ambas partes. Y en cuanto a esta tercera persona: ella, también, debe estar libremente financiada y en posición de competir con otros árbitros u organismos de arbitraje. Sus clientes, es decir, las compañías de seguros y el asegurado, esperan de ella, que llegue a un veredicto que sea reconocido como justo y equitativo para todas las partes. Únicamente aquellos árbitros capaces de formar tales juicios tendrán éxito en el mercado del arbitraje. Árbitros incapaces de esto y percibidos como sesgados o parciales desaparecerán del mercado.

Daily Bell: ¿Está negando, pues, que necesitamos el estado para defendernos?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: En efecto, así es. El estado no nos defiende, al contrario, el estado nos agrede, confisca nuestras propiedades y las utiliza para defenderse a sí mismo. La definición típica de estado es la siguiente: el estado es una agencia caracterizada por dos funciones exclusivas y lógicamente conectadas. En primer lugar, el estado es una agencia que ejerce el monopolio territorial de la toma las decisiones de última instancia. Es decir, el estado es el árbitro y juez de última instancia en cada caso de conflicto, incluidos los conflictos que afectan al estado mismo y a sus agentes. No hay apelación posible por encima, ni por fuera, del estado. En segundo lugar, el estado es una agencia que ejerce un monopolio territorial de tributación. Es decir, es una agencia que puede fijar unilateralmente el precio que sus súbditos tienen que pagar por el servicio del estado como juez de última instancia. Sobre la base de este marco institucional se pueden predecir con seguridad las consecuencias. En primer lugar, en lugar de prevenir y resolver conflictos, un monopolio que toma decisiones de última instancia causa y provoca conflicto con el fin de que se resuelva en su propio beneficio. Es decir, el estado no reconoce ni protege la legislación vigente, más bien distorsiona y pervierte la ley por medio de legislación. Contradicción número uno: el estado es un protector de la ley que incumple la ley. En segundo lugar, en lugar de defender y proteger a alguien o algo, un monopolio de tributación siempre se esforzará por llevar sus gastos al máximo en materia de protección y, al mismo tiempo por reducir al mínimo la producción efectiva de protección. Cuanto más dinero pueda gastar el estado y menos tenga que trabajar por ese dinero, mejor será su situación. Contradicción número dos: el estado es un expropiador protector de la propiedad.

Daily Bell: ¿Hay algunas leyes y regulaciones buenas?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: Sí. Hay, unas pocas leyes, simples y buenas, que casi todo el mundo reconoce y acepta intuitivamente y que además se puede demostrar que son leyes “verdaderas” y “buenas”:* Primera: Si no hubiera conflictos interpersonales y todos viviéramos en perfecta armonía no habría necesidad de ley o norma alguna. El propósito de las leyes o normas es ayudar a evitar conflictos que de otro modo serían inevitables. Sólo las leyes que alcanzan ese objetivo pueden ser llamadas leyes buenas. Una ley que genera conflictos en lugar de ayudar a evitarlos es contraria a la finalidad de las leyes, es decir, es una ley mala, disfuncional o perversa.

Segunda: Los conflictos son posibles sólo en la medida que los bienes sean escasos. Las personas tienen enfrentamientos debido a que quieren utilizar el mismo bien de maneras diferentes e incompatibles. O bien yo gano y hago lo que quiero o usted gana y hace lo que quiere. Ambos no podemos ser “ganadores”. En el caso de bienes escasos, entonces, necesitamos reglas o leyes que nos ayuden a decidir entre argumentos antagónicos y conflictivos. Por el contrario, bienes que son “gratis”, es decir, bienes que existen en superabundancia, que se vuelven inagotables o infinitamente reproducibles, no son, y no pueden ser, una fuente de conflicto. Cada vez que uso un bien no-escaso no se reduce para usted, ni en lo más mínimo, la disponibilidad de este bien. Puedo hacer con él lo que quiero y usted puede hacer con él lo que quiera, al mismo tiempo. No hay perdedores. Ambos somos ganadores, y por lo tanto, en la medida en que los bienes en cuestión no sean escasos, nunca habrá necesidad de leyes.

Tercera: Entonces todos los conflictos relacionados con bienes escasos sólo se pueden evitar si cada bien es de propiedad privada, es decir, exclusivamente bajo el control de un individuo (o grupo de individuos) específico, y no por varios individuos no especificados, y siempre está en claro cuál cosa es la propiedad, y a quién pertenece, y cuál no es. Y para evitar todos los posibles conflictos desde el principio de la humanidad, por así decirlo, solamente es necesario tener una norma que determine que la primera, la apropiación original de un recurso escaso, dado por la naturaleza, sin previo dueño, la convierte en propiedad privada. En suma, entonces, son esencialmente tres las “buenas leyes” que garantizan una interacción libre de conflicto o “de paz eterna:” a) el primero que se apropia de algo previamente sin dueño se convierte en su propietario exclusivo (en condición de primer propietario no podría haber entrado en conflicto con nadie porque las otras personas sólo aparecerán en escena más tarde), b) aquel que produce algo, utilizando tanto su cuerpo como los bienes apropiados originalmente, se convierte en dueño único y legítimo del producto de su trabajo, siempre que en ese proceso no dañe la integridad física de la propiedad de terceros, y c) que quien adquiera algo de un propietario anterior, o anteriores, por medio de intercambio voluntario, es decir, un intercambio considerado de beneficio mutuo, se convierte en el nuevo propietario de ese bien.

Daily Bell: ¿Cómo, entonces, puede uno definir la libertad? Como la ausencia de coerción estatal?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: Una sociedad es libre, cuando cada persona es reconocida como dueña exclusiva de su propio (escaso) cuerpo físico; cuando los individuos son dueños exclusivos del fruto de su propio trabajo; cuando las personas son libres de convertirse en propietarios de recursos, previamente sin dueños definidos, convirtiéndolos en su propiedad privada; cuando las personas son libres de utilizar su cuerpo y sus bienes apropiados originalmente para producir lo que quieran producir (sin que en el proceso dañen la integridad física de la propiedad de terceros); y cuando cada uno es libre de hacer contratos mutuamente benéficos con otros individuos, incluyendo en ello sus respectivas propiedades. * Cualquier interferencia con estos contratos constituye un acto de agresión, y el grado de libertad de una sociedad puede medirse por la intensidad con que practica tales agresiones.

Daily Bell: ¿Cuál es su posición sobre los derechos de autor? ¿Cree usted que la propiedad intelectual no existe, como Kinsella ha propuesto?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: Estoy de acuerdo con mi amigo Kinsella, la idea de los derechos de propiedad intelectual no sólo es equivocada y confusa sino, además, peligrosa. Y ya he comentado porqué es así. Las ideas – recetas, fórmulas, declaraciones, argumentos, algoritmos, teoremas, melodías, patrones, modelos, ritmos, imágenes, etc. – son sin duda bienes (en la medida en que son buenas y útiles, no que sean malas, las recetas, etc.), pero no son bienesescasos. Una vez pensadas y expresadas, son bienes libres, inagotables. Silbo una melodía o escribo un poema, usted oye la melodía o lee el poema y lo reproduce o lo copia. Al hacerlo, usted no me ha quitado nada. Puedo silbar y escribir como antes. De hecho, todo el mundo me puede copiar y aún así, nada han tomado de mí. (Si yo quisiera que nadie copie mis ideas sólo tendría que guardarlas para mí mismo y no expresarlas nunca. )

Ahora imagine que he obtenido un derecho de propiedad sobre mi melodía o sobre mi poesía, de tal manera que puedo prohibir a usted que la copie, o exigir, de usted mismo, una regalía si la copia. En primer lugar: ¿No implica esto, que yo, absurdamente, a mi vez, tenga que pagar regalías a la persona (o a sus herederos) que inventaron el “silbar” y la escritura, y más adelante a aquellos que compusieron el lenguaje y la reproducción de sonidos, y así sucesivamente?.Segundo: Al impedir que usted silbe mi melodía o recite mi poema o al obligarlo a pagar, en caso de que lo haga, me he transformado en realidad en propietario (parcial) de usted: propietario parcial de su cuerpo, de sus cuerdas vocales, de su papel, de su lápiz, etc., porque usted no utilizó nada, excepto sus propios recursos, cuando me copió. Si usted ya no puede copiarme, entonces esto significa que yo, el dueño de la propiedad intelectual, he expropiado a usted y a su propiedad “real”. Lo que demuestra que los derechos de propiedad intelectual y los derechos de propiedad real son incompatibles, y la promoción de la propiedad intelectual debe ser vista como uno de los más peligrosos ataques a la idea de la propiedad “real” (de bienes escasos).

Daily Bell: Hemos sugerido que si alguien quiere hacer valer derechos de autor hereditarios que lo haga entonces por su propia cuenta, asumiendo los gastos, e intentando a través de diversos medios hacer frente a los violadores de los derechos de autor con sus propios recursos. Esto sitúa la carga de la coerción, y de la vigilancia, en el bolsillo del individuo. ¿Es ésta una solución viable – permitir que el mercado mismo decida estas cuestiones?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: Eso sería un gran avance en la dirección correcta. Mejor aún: más y más tribunales en más y más países, especialmente en países fuera de la órbita del cártel de los gobiernos occidentales, dominados por los EE UU, harían claro que ya no oyen casos de violación de derechos de autor, ni de patentes, y se refieren a tales quejas como a un truco de las grandes empresas occidentales – vinculadas a sus respectivos gobiernos, tales como las empresas farmacéuticas – para enriquecerse a costa de otras personas.

Daily Bell: ¿Qué piensa usted de Poder es Derecho de Ragnar Redbeard?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: Uno puede dar dos interpretaciones muy diferentes a esta declaración. No veo ninguna dificultad con la primera. Es así: Yo sé la diferencia entre “poder” y “derecho” y, por tratarse de un hecho empírico, el poder es, de hecho, con frecuencia el derecho.La mayoría, si no todo el “derecho público”, por ejemplo, es poder disfrazado de derecho. La segunda interpretación es la siguiente: No sé la diferencia entre “poder” y “derecho”, porque nohay diferencia. Poder es derecho y derecho es poder. Esta interpretación se contradice a sí misma. Porque si quisiera defender este argumento como una declaración verdadera en una discusión con otra persona, de hecho, usted estaría reconociendo el derecho de su oponente a la propiedad de su propio cuerpo. Usted no usa la violencia contra él para traerlo al enfoque correcto. Usted permite que él llegue a la verdad por sí mismo. Es decir, admite, al menos implícitamente, que usted conoce la diferencia entre el bien y el mal. De lo contrario no habría ningún propósito en discutir. Lo mismo, incidentalmente es cierto, con la famosa frase de Hobbes de que el hombre es lobo para el hombre. Cuando usted acepta que esta declaración es verdadera, en realidad está probando que es falsa.

Daily Bell: Se ha sugerido que la única manera de reorganizar la sociedad es a través de un retorno a los clanes y tribus que caracterizaron las comunidades del homo-sapiens por decenas de miles de años? ¿Es posible que como parte de esta des-evolución, se pueda volver a enfatizar el clan o la justicia tribal?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: No creo que nosotros, en el mundo occidental, pueda volver a los clanes y a las tribus. El estado moderno y democrático ha destruido los clanes y las tribus y sus estructuras jerárquicas, porque estaba en el camino del empuje estatista por el poder absoluto. Con los clanes y las tribus ausentes, tenemos que tratar con el modelo de sociedad de derecho privado que he descrito. Pero allí donde todavía existen las estructuras jerárquicas del clan y de la tribu tradicionales, deberían ser apoyadas y los intentos de “modernizar” los “arcaicos” sistemas de justicia al estilo occidental deberían ser vistos con la mayor suspicacia posible.
Daily Bell: También ha escrito mucho sobre dinero, moneda y asuntos monetarios. El Patrón Oro es necesario para una sociedad libre?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: en una sociedad libre, el mercado produciría dinero, como todos los demás bienes y servicios. En un mundo perfectamente cierto y previsible no existiría esa cosa que llamamos dinero. Pero como vivimos en un mundo de contingencias impredecibles las gentes llegan a apreciar también los bienes de acuerdo a su facilidad de comercialización o vendibilidad, o sea, como medio de trueque. Dado que un bien que sea más fácil y ampliamente vendible es preferible como medio de intercambio o de trueque a un bien que sea menos fácil y ampliamente vendible, hay una tendencia inevitable en el mercado para que surja finalmente un único material o producto, que se distinga de todos los otros, justamente por ser el más fácil y ampliamente vendible entre todos. Este material o producto es llamado dinero. Siendo el más vendible de todos los bienes, proporciona a su dueño y portador la mejor protección humanamente posible contra la incertidumbre – puede ser utilizado para satisfacción instantánea de una amplia gama de posibles necesidades. La teoría económica no tiene nada que decir en cuanto a cuál producto o material irá a adquirir el status de dinero. Históricamente tal material ha sido el oro. Pero si la constitución física de nuestro mundo fuese diferente o llegara a ser diferente de lo que es ahora, algún otro producto o material se convertirían o podrían convertirse en dinero. El mercado decidirá. En todo caso, no hay necesidad que el gobierno venga a inmiscuirse en nada de esto. El mercado ha surtido y surtirá algún tipo dedinero-mercancía, y la producción de ese material, cualquiera que sea, está sujeta a las mismas fuerzas de la oferta y la demanda que determinan la producción de todos los demás bienes y servicios del mercado.

Daily Bell: ¿Y qué dice del paradigma de la banca libre? La banca fraccionaria privada debe ser tolerada o es un delito? ¿Quién va a llevar gente a la cárcel por la banca privada fraccionaria?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: Suponga que el oro es dinero. En una sociedad libre, usted tiene la libre competencia en las minas de oro, tiene la libre competencia en la acuñación de oro, y tiene bancos compitiendo libremente. Los bancos ofrecen diversos servicios financieros: custodia de dinero, servicios de compensación, y la intermediación entre ahorradores y prestatarios inversionistas. Cada banco emite su propio tipo de “notas” o “certificados” que documentan las diversas operaciones y las resultantes relaciones contractuales entre el banco y el cliente. Tales “notas” o billetes son negociables libremente. Hasta aquí todo va bien. La polémica entre los banqueros libres es sólo el estatus de la banca de depósito de reserva fraccionaria y de los billetes bancarios. Digamos que A deposita 10 onzas de oro en un banco y recibe un billete (un sustituto del dinero) redimible por su valor a la presentación por el portador. Sobre la base de un depósito, entonces, el banco otorga un préstamo a C, por 9 onzas de oro y emite un billete en este sentido, una vez más redimible por su valor al portador.

Debería ser permitido esto? Creo que no. Porque ahora hay dos personas, A y C, que son propietarias exclusivas de la misma y única suma de dinero. Una imposibilidad lógica. O dicho de otro modo, sólo hay 10 onzas de oro, pero a A se le da un título por 10 onzas y C guarda uno por 9 onzas. Es decir, hay más títulos de propiedad que propiedad. Obviamente, esto constituye un fraude, y en todas las áreas, excepto en asuntos monetarios, los tribunales han considerado la práctica como fraude también y han castigado a quienes los cometen. Por otro lado, no habría problema alguno si el banco dijese a A que iría a pagarle intereses sobre sus depósitos, invirtiéndolos, por ejemplo, en un fondo mutuo del mercado monetario constituido por papeles financieros de alta liquidez y a corto plazo, y prometiendo hacer todos los esfuerzos posibles para restituir a A, una cantidad fija de dinero, al momento que éste exigiese de vuelta su inversión. Tales fondos de inversión bien podrían tornarse muy populares y mucha gente querría depositar su dinero en ellos en lugar de hacerlo en cuentas de depósito normales. Pero las acciones en fondos de inversión nunca podrán funcionar como dinero o medio de trueque. En esas condiciones tales acciones jamás podrían ser la mercancía, el material o producto, más fácil y ampliamente vendible de todos.

Daily Bell: ¿Cuál es su posición con respecto al paradigma actual de la banca central? ¿Es la banca central, como está constituida actualmente, el desastre principal de nuestro tiempo?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: La banca central es sin duda uno de los grandes causantes del desbarajuste de nuestra época. Los Bancos Centrales, y, en particular, el Banco de la Reserva Federal, la FED, fueron los responsables de la destrucción del patrón oro, el cual siempre fue obstáculo para las políticas inflacionarias, y de su sustitución, desde 1971, por un patrón monetario exclusivo de papel moneda (dinero fiduciario) y de curso legal forzoso. Desde entonces, los bancos centrales tienen la capacidad de crear dinero virtualmente de la nada. Una mayor cantidad de papel moneda no hace a una sociedad más rica, y es obvio, – se trata sólo de una mayor cantidad de papel impreso. De lo contrario, ¿porqué existen aún países pobres y gentes pobres en el mundo? Porque la creación de más dinero tiene una función primordial: enriquecer a su productor monopolístico (el banco central) y a todos los receptores iniciales de ese dinero (el gobierno y los grandes bancos y sus clientes principales, vinculados al gobierno) todo a costa del empobrecimiento de quienes reciben el nuevo dinero en el último momento, cuando todos los precios ya han aumentado.

Gracias al poder ilimitado de imprimir dinero del cual goza un banco emisor, los gobiernos pueden incurrir en déficit presupuestarios cada vez más altos y a acumular endeudamientos cada vez mayores para financiar guerras, frías o no, en el extranjero o en casa, y la participación en un flujo infinito de actividades inútiles, que de otro modo, sería imposible financiar. Gracias al banco central, varios “expertos monetarios” y “líderes de la macro-economía” pueden, al agregarlos a la nómina, convertirse en propagandistas del gobierno, con la función de “explicar”, como alquimistas, cómo la piedra (papel-moneda), puede ser transformada en pan (riqueza). Gracias al banco central, las tasas de interés pueden ser artificialmente reducidas a cero, canalizando crédito para proyectos y mano de obra insolventes al mismo tiempo que escasean el crédito genuino para proyectos y personas solventes, y realmente dignas de crédito, provocando inversiones cada vez mayores en burbujas insostenibles, las cuales, al estallar, generan colapsos cada vez más espectaculares. Y gracias al banco central, enfrentamos la dramáticamente creciente amenaza de una inminente hiperinflación cuando los pollos llegan por fin a casa a pernoctar y al flautista debemos pagar.

Daily Bell: Hemos señalado a menudo que las siete colinas de Roma fueron inicialmente sociedades independientes al igual que la ciudades-estado italianas durante el Renacimiento y las 13 colonias de la República de los EE. UU. Parece que los grandes imperios comienzan como comunidades individuales donde la gente puede abandonar una comunidad si son oprimidos y emigran a una comunidad cercana a comenzar de nuevo. ¿Cuál es la fuerza motriz detrás de este proceso de centralización? ¿Cuáles son los bloques de construcción del Imperio?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: Todos los estados tienen que comenzar en pequeño. Eso facilita que la gente huya, que escape. Sin embargo, los estados son por naturaleza agresivos, como ya he explicado. Pueden externalizar el costo de la agresión en los demás, es decir, en los desventurados contribuyentes. No les gusta ver huir a la gente productiva y tratan de capturarlos expandiendo su territorio. Mientras más gente productiva controle, mejor estará el estado. Este deseo de expansión, encuentra oposición en otros estados. Sólo puede haber un monopolio supremo de justicia y tributación en un territorio dado. Es decir, la competencia entre los diferentes estados es eliminatoria. O bien A gana y controla el territorio, o bien B. ¿Quién gana? Al menos en el largo plazo, el estado que irá a ganar – y a apoderarse del territorio de otro, o a establecer su hegemonía sobre él y obligarlo a rendir tributo – será aquel que pueda parasitar de la economía comparativamente más productiva. Es decir, todo lo demás constante, los estados cuyas economías son más liberales tenderán a conquistar los estados menos liberales (en el sentido clásico europeo de “liberal”), o sea, los estados más opresivos y más regulados económicamente.

Fijándonos sólo en la historia moderna, podemos de esa forma explicar primero la ascensión de la liberal Gran Bretaña a la categoría del Imperio más importante del mundo y, después, subsecuentemente, la de la liberal Unión Americana (los EE. UU.). Y podemos comprender una aparente paradoja: ¿por qué aquellos potencias imperiales internamente liberales como los EE. UU. tienden a ser más agresivos y beligerantes en su política exterior que aquellas potencias internamente opresivas, como la antigua Unión Soviética. El liberal imperio de los EE. UU. era el seguro ganador en sus guerras y las aventuras militares en el extranjero, mientras que la opresiva Unión Soviética temía que pudiera perder.

Pero la construcción del Imperio también lleva consigo las semillas de su propia destrucción. Cuanto más cerca llega el estado a su meta suprema – la dominación del mundo y la institución de un gobierno único mundial, menos motivos tienen para mantener su liberalismo interno y más razones tienen para hacer justamente aquello que todos los estados están propensos a hacer de todos modos, es decir, a adoptar una línea dura y aumentar su explotación sobre la gente productiva que aún queda. En consecuencia, sin tributarios adicionales disponibles y la productividad doméstica estancada o cayendo, las políticas internas imperiales de pan y circo ya no pueden mantenerse. La crisis económica golpea, y el colapso económico inminente comienza a estimular tendencias a la descentralización, a los movimientos separatistas y secesionistas, y finalmente conduce a la desintegración del Imperio. Ya vimos esto acontecer con Gran Bretaña, y estamos viendo ahora el mismo suceso con el Imperio de los EE. UU., aparentemente en su última etapa.

Hay también un aspecto importante en el lado monetario de este proceso. El Imperio dominante típicamente proporciona la moneda de reserva internacional, primero la Gran Bretaña con la Libra Esterlina y ahora los EE. UU. con el Dólar. Con el dólar usado como moneda de reserva por los bancos centrales extranjeros, los EE. UU. pueden incurrir en un “déficit sin lágrimas” permanente. Es decir, los EE. UU. no tienen que pagar por sus constantes excesos de importaciones en relación con las exportaciones, como sería normal entre socios “iguales”, teniendo que exportar una cuantía creciente de bienes al exterior (las exportaciones pagan por las importaciones). Más bien: Los gobiernos extranjeros y sus bancos centrales en lugar de utilizar sus ingresos por exportaciones para comprar productos estadounidenses de consumo interno, usan sus reservas en dólares de papel para comprar bonos del gobierno de EE. UU. como ayuda a los estadounidenses para que sigan consumiendo más allá del alcance de sus medios. Un típico signo de vasallaje ante el Imperio dominante.

No sé lo suficiente sobre China para entender por qué están utilizando sus enormes reservas en dólares para comprar bonos del gobierno de los EE. UU. Después de todo, se supone que China no forma parte del Imperio Americano. Tal vez sus gobernantes han leído demasiados libros de texto de economía americanos y ahora creen en la alquimia, también. Pero si solamente la China se deshiciera de sus bonos del Tesoro de los EE. UU. y en cambio acumulara reservas de oro, ese sería el fin del imperio de los EE. UU. y del dólar como hoy los conocemos.

Daily Bell: ¿Es posible que una sombra de familias imposiblemente ricas localizadas en la ciudad de Londres sea parcialmente responsable de todo esto? ¿ Buscan estas familias y sus facilitadores un gobierno mundial de élites? ¿Es una conspiración? ¿Ve usted el mundo en estos términos: como una lucha entre los impulsos de centralización de las élites y los impulsos más democráticos del resto de la sociedad?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: No estoy seguro de si la conspiración sigue siendo la palabra adecuada, porque mientras tanto, gracias a gente como Carroll Quigley, por ejemplo, se sabe mucho acerca de lo que está pasando. En cualquier caso, no cabe duda de que hay familias tan increíblemente ricas, asentadas en Londres, Nueva York, Tel Aviv y en otros lugares, que ya han percibido el inmenso potencial para el enriquecimiento personal en el proceso de construcción del Estado- y del Imperio. Los presidentes de las grandes casas bancarias jugaron un papel clave en la fundación de la FED, porque percibieron que la banca central permitía a sus propios bancos inflar y expandir el crédito adicionalmente al dinero y crédito creados por el banco central, y que un prestamista “de última instancia” jugaba un papel decisivo al permitirles cosechar ganancias privadas, siempre y cuando las cosas marcharan bien y a socializar los costos cuando las cosas comenzasen a marchar mal.

Percibieron que el patrón oro clásico se presentaba como un obstáculo natural a la inflación y a la expansión del crédito, así que primero ayudaron a establecer un patrón oro falso (el estándar de intercambio del oro) y, a continuación, después de 1971, un régimen de papel moneda puro. Comprendieron que un sistema de libre fluctuación del papel-moneda nacional era todavía imperfecto, en cuanto a sus deseos inflacionistas se refiere, porque la supremacía del dólar podría verse amenazada por otras monedas en competencia, tales como un marco alemán fuerte, por ejemplo; y con el fin de para reducir y debilitar esta competencia apoyaron los esquemas de “integración monetaria” tales como la creación de un Banco Central Europeo (BCE) y del Euro.

Y percibieron que el sueño supremo, un poder ilimitado de falsificación y creación de dinero, se haría realidad, con sólo tener éxito en la creación de un banco central mundial, dominado por los EE. UU., que emitiera un papel-moneda mundial, como el Bancor (nombre propuesto por Keynes) o el Fénix; y así, ayudaron a establecer y a financiar una multitud de organizaciones tales como el Consejo de Relaciones Exteriores, la Comisión Trilateral, el Grupo Bilderberg, etc., para promover este objetivo. Además, los líderes industriales reconocieron las tremendas oportunidades de beneficio creadas por los monopolios concedidos por el estado, por los subsidios del gobierno, y por los contratos exclusivos de margen fijo, liberándolos o protegiéndolos de la competencia, y por lo tanto, ellos también se aliaron, e “infiltraron”, al estado.

No hay “accidentes” en la historia, y si hay acciones cuidadosamente planificadas que dan lugar a consecuencias inesperadas, imprevistas, y no premeditadas. Pero la historia no es sólo una secuencia de accidentes y sorpresas. La mayor parte de ella ha sido concebida y diseñada intencionalmente. No por la gente común, por supuesto, sino por las élites del poder en el control del aparato estatal. Si quisiéremos evitar que la historia siga su actual y previsible curso rumbo a un desastre económico sin precedentes, entonces, es realmente imperativo provocar la indignación pública exponiendo, sin descanso, los perversos motivos y maquinaciones de las élites del poder, no sólo de quienes trabajan en el aparato estatal, sino, especialmente, de los que estando por fuera, detrás de las escenas, tiran de las cuerdas.

Daily Bell: Ha sido nuestra tesis que, al igual que la imprenta de Gutenberg hizo estallar las estructuras sociales existentes en su época, así también lo está haciendo la Internet hoy en día. Creemos que la Internet puede marcar el comienzo de un nuevo Renacimiento después de la Edad Oscura del siglo 20. ¿De acuerdo? No está de acuerdo?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: Es cierto que ambos inventos revolucionaron la sociedad y mejoraron enormemente nuestras vidas. Es difícil imaginar cómo sería regresar a la era pre-Internet, o la era pre-Gutenberg. Soy escéptico, sin embargo, en cuanto a la capacidad de las revoluciones tecnológicas, en sí y por sí mismas, de traer progreso moral y avance hacia una mayor libertad. Estoy más inclinado a pensar que la tecnología y los avances tecnológicos son “neutrales” en este sentido. La Internet puede ser utilizada para desenterrar y difundir la verdad tanto como para difundir mentiras y confusión. Se nos han dado posibilidades sin precedentes de eludir y socavar a nuestro enemigo el estado, pero también se han dado al estado posibilidades sin precedentes de espiarnos y arruinarnos. Somos más ricos hoy en día, con la Internet, de lo que éramos sin ella, digamos, en 1900, (y somos más ricos, no por el estado, sino a pesar de él). Pero tendría que negar enfáticamente que hoy somos más libres de lo que éramos en 19
00. Todo lo contrario.

Daily Bell: ¿Algunas consideraciones finales? ¿Puede decirnos en que está trabajando ahora? Qué libros o sitios web le gustaría recomendar?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: Una vez me desvié de mi principio de no hablar acerca de mi trabajo hasta haberlo concluido. Me he arrepentido de esta desviación. Fue un error que no voy a repetir. En cuanto a los libros, recomiendo, sobre todo, la lectura de las obras principales de mis dos maestros, Ludwig von Mises y Murray Rothbard, no sólo una vez, sino repetidamente de vez en cuando. La obra de ambos sigue siendo incomparable y permanecerá insuperable por mucho tiempo. En cuanto a los sitios web, visito regularmente a mises.org y lewrockwell.com En cuanto a otros sitios: me han llamado un extremista, un reaccionario, un revisionista, un elitista, un supremacista, un racista, un homofóbico, un antisemita, un derechista, un teócrata, un ateo cínico, un fascista y, por supuesto, un mote obligado para todos los alemanes, un nazi. Por lo tanto, es de esperar que tenga una debilidad por sitios políticamente “incorrectos” que todo hombre “moderno”, “decente”, “civilizado”, “tolerante” y “iluminado” se supone que debe ignorar y evitar.

Daily Bell: Gracias por concedernos su tiempo para responder nuestras preguntas. Ha sido un honor especial abordarlo con ellas en el contexto de su extraordinaria obra.

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: Fue un placer.

Comentarios del Daily Bell:

¡Qué gran entrevista. Decimos esto sin modestia, porque con algunas excepciones (siendo las más notables la banca libre y la competencia por el dinero), el Dr. Hans-Hermann Hoppe, uno de los mejores pensadores y educadores libertarios en el mundo de hoy, en realidad pareció estar de acuerdo con algo de lo que se ha se ha propuesto en estas modestas páginas durante varios años. No tome nuestra palabra por ella. Vuelva a leer la entrevista si lo desea. Para tener a alguien del calibre mental del doctor Hoppe de apoyar y profundizar en las percepciones fundamentales, que hemos sostenido en algunas ocasiones, es increíblemente afirmativo, e incluso, (no nos importa admitirlo), intelectualmente satisfactorio.

En un tono menos frívolo, lo que viene a través de la entrevista es que el Dr. Hoppe es uno de los individuos particulares que, al haber vislumbrado la verdad no disponible para la mayoría de la gente, es incapaz, por temperamento, de temporizar sobre su validez. Uno ve esta característica reflejada en la obra y en las narrativas de Murray Rothbard y de Ludwig von Mises, por nombrar dos pensadores brillantes que vienen a la mente. La incapacidad de evitar conclusiones (o de no cohibirse de expresarlas) desarrollada a partir del sistema de creencias de uno mismo, es un signo revelador de coraje intelectual, e incluso, creemos, de grandeza.

De hecho, es raro tener el privilegio de llevar a cabo un diálogo con una inteligencia verdaderamente clara, alguien, de hecho, con un marco de referencia que resuena con coraje. Si usted lee la entrevista con detenimiento, puede ver (o escuchar) el enfoque disciplinado con que el doctor Hoppe se acerca a los temas sobre los que comenta. Cada posición se desarrolla de forma racional y cada conclusión se desenvuelve sin cesar de la evidencia esbozada.

No vamos a escribir mucho más porque al igual que una gran composición musical, esta entrevista, en nuestra opinión, se aprecia mejor por sí misma. Nuestro comentario, torpe probablemente, sólo resta de su musculatura y de su elegante austeridad. Por supuesto, usted puede no apreciar nuestros esfuerzos, querido lector, pero por favor, reconozca la cortés elegancia, la sabiduría y la valentía intelectual de uno de los pensadores profundos del mundo del mercado libre, el Dr. Hans-Hermann Hoppe.

Traducido del inglés por Rodrigo Diaz.

Publicado en: Mises Hispano

El Bien Común = Colectivismo. Butler Shaffer

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En semanas recientes – mientras la administración actual y la mayoría del congreso continúan proponiendo la expansión del poder del estado sobre la vida de la gente – más charlatanería ha sido publicada, procurando justificar tales programas basándose en la supuesta promoción del “bien común”. Cualquier mente inquisitiva debería ver, de un solo vistazo, que la idea de un “bien común” es casi enteramente eso: una idea, una ficción. Aquellos quienes hayan completado un curso en microeconomía pueden dar fe de que nuestros gustos, valores y preferencias varían de una persona a otra y, aún más, fluctúan dentro de los individuos. Lo que usted y yo consideramos en nuestro respectivo interés va a coincidir algunas veces pero va a diferir en otras. Lo que es mi interés inmediato cuando estoy hambriento se hace mucho menos importante para mí después de haber ingerido una cena abundante. Si añades a toda esta variabilidad e incertidumbre el hecho de que la entera noción del “bien” es puramente subjetivo, puede verse que la insistente repetición de esta frase no tiene más respetabilidad intelectual que pisar nuestro propio pie.

Es alegado que el “bien común” intenta transmitir la idea de un bien universal, uno que es aplicable a todos. Si es así, el único valor que he encontrado al cual todas las personas parecen suscribirse, es este: nadie quiere ser una víctima. Todavía debo encontrar un individuo al cual esta proposición no se aplique. Nadie elige tener a sus intereses como persona o su propiedad violentados por otra persona. La falla en reconocer tanto lo anterior como el hecho de que todos nuestros valores son subjetivos en naturaleza, ha dado lugar a la ingenua noción del altruismo, la idea de que uno puede elegir actuar contrariamente a sus percibidos intereses.

Siempre que actuamos nos vemos motivados por la creencia de que nos encontraremos en una mejor situación al término de la acción escogida. Mantengo un antiguo reto con uno de mis colegas de mostrarme un ejemplo – real o hipotético – en el cual un individuo elija actuar de forma contraria a sus valores más altos. Incluso los actos de caridad están guiados por un deseo de satisfacer alguna necesidad interna, la cual, para otras personas con preferencias contrarias, parece un acto de auto-sacrificio. Tal forma de pensar se reduce a esto: “Yo no hubiera actuado de la forma en que él lo hizo, por lo tanto, él está siendo altruista”. La idea del altruismo está fundamentada en la creencia de que los valores tienen una calidad objetiva, un poco del sin-sentido perpetrado por Ayn Rand.

Las transacciones en un mercado libre ocurren porque la gente no tiene un sentido comúnmente compartido del valor de las cosas. Si yo acuerdo vender mi auto por $5000, y usted acuerda comprármelo por $5000, cada uno de nosotros le pone un valor diferente. Para mí el auto vale menos que $5000 (yo prefiero el dinero a tener el auto) mientras que para usted vale más que esa cantidad de dinero. El precio del auto es objetivamente definido ($5000) pero su valor nunca puede ser conocido para ninguno de nosotros. Una condición para la libertad – en la cual los intereses de propiedad sean respetados – es la aceptación de lo inherentemente diverso y en constante flujo, ya que los hombres y mujeres persiguen sus variados intereses propios.

En un esfuerzo por avasallar la motivación de la gente de perseguir sus intereses individuales, y de aceptar los propósitos de las instituciones mismas, al hombre se le ha adoctrinado en la idea de que hay un “bien común” que expresa un sentido más completo de sí mismo. Cuando hemos aprendido a suprimir nuestros valores individuales en favor de una institución, nos hemos convertido en parte de la mentalidad colectiva de la cual todos los sistemas políticos dependen. Con nuestro pensamiento tan transformado, somos fácilmente llevados a creer que lo que nos hace víctimas es en esencia nuestra autorrealización. De esta forma, los hombres y mujeres jóvenes son seducidos ha “ser todo lo que puedes ser” uniéndose al ejército y destruyendo sus vidas sirviendo al estado en aventuras extranjeras.

La doctrina del igualitarismo ha probado ser útil para el orden establecido como catalizador para esta metamorfosis psíquica. Los que en otros casos consideraríamos hombres y mujeres inteligentes internalizan la proposición de que ser víctimas de la supresión de los intereses personales en favor del llamado “bien común” es aceptable, mientras sus vecinos sean igualmente víctimas de la misma supresión. Hay un sentimiento pro-libertad en la observación de E.E. Cummings de que “la igualdad es lo que no existe entre iguales”. Los estatistas, sin embargo, tienen un muy diferente significado para esta palabra: que el ser coaccionado por el estado puede ser justificado si la obligación es compartida igualmente entre todos. Considerado así, ser víctima del estado es simplemente un costo que la gente debe cargar para lograr su pretendido interés personal “más grande” en el “bien común”.

Tal razonamiento es en general suficientemente bueno para atrapar a aquellos que no se molestan en reflexionar sobre la proposición. Cualquiera que examine el concepto de “igual protección de las leyes” rápidamente se dará cuenta que en la práctica ninguna ley se aplica con igual fuerza a todos. Las leyes son promulgadas con el propósito de imponer restricciones sobre algunas personas para el beneficio de otras.

La legislación que permite que todos persigan su propio interés nunca será promulgada porque no se diferenciaría un grupo de otro y, en el proceso, no proveería a sus defensores con alguna ventaja comparativa.

Pero incluso si al principio de la “igualdad” le fuera dado su supuesto significado (que el gobierno opere restrictivamente sobre todos por igual), lo absurdo de tal idea sería evidente: ¡la gente entendería que ha organizado al estado con el propósito de asegurar su mutua victimización! La naturaleza sin-sentido de tal pensamiento se convertiría, en las palabras de H. L. Mencken, “tal obvio que incluso el clero y los escritores editoriales a veces lo notarían”.

Ni siquiera puede el caso del “bien común” ser rescatado por una apelación a la doctrina utilitaria del “mayor bien, para el mayor número”. Mi profesor de jurisprudencia, Karl Llewellyn, respondió a esta proposición en una clase un día preguntando: “¿qué hay del mayor bien para el mayor hombre?” El utilitarismo es solo otra variación sobre el tema del colectivismo de que algunos pueden ser victimizados para beneficiar al grupo. “El mayor bien para el mayor número” es el mantra de todo caníbal y todo socialista (¿o estoy siendo redundante?).

La premisa utilitaria nunca ha sido la premisa operante en la política. Ha sido usada aún como otra desviación – como el “bien común”, “bienestar general”, etc. – para enmascarar la promoción de intereses especiales detrás de la fachada de intereses colectivos. Así tales ideas han sido usadas para el avance de tales intereses corporativos como defender a los contratistas, a los bancos, compañías de seguro, fabricantes de autos, compañías farmacéuticas, etc., en sus esfuerzos para obtener, a través del poder estatal, lo que ellos no pueden obtener en un mercado libre. Las corporaciones más grandes nunca han sido promotores de la sociedad libre, prefiriendo ponerse del lado de las fuerzas del poder estatal para estabilizar sus intereses contra las fuerzas del cambio que atienden a las condiciones de la libertad. Las letras de una canción del musical Li’l Abner – parafraseando al ex-presidente de General Motors Charles Wilson – expresa la moderna mentalidad corporativa: “lo q es bueno para para el General Bullmoose, es bueno para los Estados Unidos”.

Una estructura política colectivista, en cualquier forma que se manifieste, debilita y anula a los individuos, privando a cada uno de nosotros de nuestra unicidad biológica y experimental. Éste, por supuesto, es su propósito. Mientras los hombres y mujeres piensen de sí mismos como poco más que unidades fungibles en un grupo de pensamiento monolítico, ellos y sus hijos van a continuar siendo convertidos en una pasta común útil sólo para sus amos. El colectivismo es una religión para perdedores; es un sistema de creencias que permite al estado dirigir la riqueza y las energías de la gente en una redistribución coercitiva hacia aquellos a los que favorece.

Barack Obama no inventó este concepto vulgar y anti-vida que asiduamente trata de expandir. La proposición colectivista ha estado rondando por largo tiempo desde que George W. Bush reveló sus sentimientos en la frase: “si no estás con nosotros, estás contra nosotros”. Tampoco se oye a las unidades protoplásmicas (tú y yo) cuestionar los propósitos o los costos de nuestra subordinación a lo que es la premisa básica de todo sistema político. El estado se escuda de tales preguntas bajo la excusa de que la “seguridad nacional” sería amenazada. Los esfuerzos de Ron Paul y otros para “auditar la Reserva Federal” son recibidos con las más arrogantes de las súplicas para mantener la discreción gubernamental (el hecho de que revelar al público la naturaleza del timo llevado a cabo por la Fed pondría en peligro su “independencia”). Para los estatistas, tales cuestiones no pueden ser toleradas al igual que un dueño de una plantación no puede sentirse obligado a entretener las consultas de sus esclavos sobre el precio del algodón.

Uno de mis estudiantes recientemente me preguntó la más frecuente de las preguntas: “¿qué puedo hacer para cambiar todo esto?” Mi respuesta fue ésta: “¿estás tú capacitado para cambiar cualquier cosa que está más allá de tu control? ¿Está el contenido de tú pensamiento dentro de tu control? ¿Puedes darte cuenta de la naturaleza condicionada de tu mente?”.

Nuestros problemas no tienen sus orígenes en Washington, D. C., ni tampoco esas soluciones van a ser encontradas allí. Nosotros somos los autores de nuestros mundos distópicos, y son nuestras mentes las que debemos reparar si queremos salvarnos de las terribles y destructivas premisas que hemos plantado allí. Podemos empezar por reconocer que nuestra individualidad es todo lo que tenemos en común los unos con los otros, y que la supresión de esa igualdad en el nombre de algún presunto propósito colectivo es esencial para la creación de todo sistema político.

Traducido del inglés por Julián Fernando Marzaro. El articulo original se encuentra aquí.

Publicado en: Mises Hispano

Conservación, Ecología y Crecimiento. Murray Rothbard

Posted By: admin on 18 February, 2013 in Cedice, Destacado, Formación, Ideas para la Libertad - Comments: No Comments »

Los intelectuales populistas socialdemócratas de izquierda generalmente son un grupo al que resulta maravilloso contemplar. Durante las últimas tres o cuatro décadas, no mucho tiempo en la historia de la humanidad, han lanzado, como turbulentos derviches, una serie de airadas quejas contra el capitalismo de mercado libre. Lo curioso es que cada una de estas quejas ha sido contradictoria respecto de una o más de las precedentes. Pero las contradicciones de sus quejas no parecen desconcertarlos ni moderar su petulancia –aun cuando muchas veces los que cambian sus opiniones tan rápidamente son los mismos que las han expresado–. Y estas contramarchas parecen no hacer mella en el concepto que tienen de su propia rectitud o en su confianza respecto de su posición.

Consideremos el registro de las décadas recientes:

1. Hacia fines de la década del 30 y principios de la del 40, los intelectuales socialdemócratas llegaron a la conclusión de que el capitalismo estaba sufriendo un inevitable “estancamiento secular”, una parálisis impuesta por la desaceleración del crecimiento poblacional, el fin de la antigua frontera occidental y el supuesto hecho de que ya no era posible ningún otro invento. Todo esto significaba el eterno estancamiento, el desempleo masivo permanente y, por lo tanto, la necesidad del socialismo, o de la planificación estatal minuciosa, para reemplazar al capitalismo de mercado libre. ¡Esto en vísperas del mayor auge de la historia estadounidense!

2. Durante los años 50, a pesar de la gran prosperidad de los Estados Unidos en la posguerra, continuaron con sus visiones; entonces pusieron en escena el culto al “crecimiento económico”. En verdad, el capitalismo estaba creciendo, pero no lo suficientemente rápido. Por lo tanto, había que abandonar el capitalismo de mercado libre y pasar al socialismo o a la intervención gubernamental, alimentar por la fuerza a la economía, crear inversiones y obligar a un mayor ahorro para maximizar la tasa de crecimiento, aun si el país no quisiera crecer tan rápido. Los economistas conservadores como Colin Clark criticaron este programa de los socialdemócratas denominándolo “Crecimiento Económico Planificado” (growthmanship).

3. Súbitamente, John Kenneth Galbraith apareció en la escena populista socialdemócrata con su obra The Affluent Society, de 1958, que se convirtió en un best seller. Y en forma igualmente repentina, los intelectuales socialdemócratas revirtieron sus acusaciones. Ahora el problema del capitalismo parecía ser que había crecido demasiado; ya no estábamos estancados, sino que habíamos crecido en exceso y el hombre había perdido su espiritualidad en medio de los supermercados y los automóviles. Por lo tanto, era preciso que el gobierno entrara en acción, o bien con una intervención masiva o con un ideario socialista, y gravara con fuertes impuestos a los consumidores para reducir su exagerada opulencia.

4. El culto de la opulencia excesiva tuvo su momento, y lo suplantó una preocupación contradictoria sobre la pobreza estimulada por el libro de Michael Harrington The Other America, en 1962. El problema de los Estados Unidos ya no era una opulencia desmesurada sino una pobreza creciente y abrumadora –y, una vez más, la solución era que el gobierno entrara en escena, realizara una poderosa planificación y cobrara impuestos a los ricos para beneficiar a los pobres–. Y entonces sobrevino la Guerra contra la Pobreza, que duró varios años.

5. Estancamiento; crecimiento deficiente; opulencia excesiva; pobreza agobiante; las modas intelectuales fueron cambiando como el largo de las faldas femeninas. Entonces, en 1964, el Ad Hoc Committee on the Triple Revolution (Comité Ad Hoc sobre la Triple Revolución), que felizmente tuvo corta vida, publicó su entonces famoso manifiesto, que completó el círculo, para nosotros y para los intelectuales socialdemócratas. Durante dos o tres años frenéticos nos deleitamos con la idea de que el problema de los Estados Unidos no era el estancamiento, sino todo lo contrario: en unos pocos años todas las industrias del país serían automatizadas y computarizadas, los ingresos y la producción serían enormes y superabundantes, pero todo el mundo se quedaría sin trabajo. Una vez más, el capitalismo de libre mercado llevaría al desempleo masivo, lo cual sólo podía remediarse –¡sí, lo adivinó!– mediante la amplia intervención del Estado o bien a través del socialismo liso y llano. Durante varios años, a mediados de los 60, el país sufrió lo que con justicia se llamó la “Histeria de la Automatización”.[1]

6. Hacia fines de la década de 1960 era evidente para todos que la histeria de la automatización no había tenido razón de ser, que la automatización se producía a una velocidad no mayor que la de la antigua “mecanización” y que, de hecho, la recesión de 1969 estaba haciendo declinar la tasa de aumento de productividad. En la actualidad nadie habla de los peligros de la automatización; ahora estamos en la séptima etapa de las acrobacias económicas de los socialdemócratas.

7. La opulencia ha vuelto a ser excesiva y el capitalismo de libre mercado está creciendo demasiado rápido, más de lo conveniente para la conservación, la ecología y la creciente escasez de recursos. Por supuesto, es preciso poner en marcha la planificación estatal, o el socialismo, para abolir todo crecimiento y poner en funcionamiento una sociedad y una economía de crecimiento cero – ¡para evitar el crecimiento negativo, o el retroceso, en algún momento del futuro!–. Ahora hemos vuelto a una posición super-galbraitheana, a la cual se le ha agregado la jerga científica acerca de los efluentes, la ecología y los programas espaciales, así como un acerbo ataque a la tecnología, por considerarla el principal factor de contaminación. El capitalismo trajo consigo la tecnología y el crecimiento –incluyendo el crecimiento de la población, de la industria y de la contaminación–, y se supone que el gobierno tiene que entrar en acción y erradicar estos males.

En realidad, no es inusual en absoluto encontrar a las mismas personas que sostienen una mezcla contradictoria de las posiciones 5 y 7 afirmando al mismo tiempo que a) vivimos en una era “post-escasez” en la que ya no necesitamos la propiedad privada, el capitalismo o los incentivos materiales para la producción, y b) que la codicia capitalista está agotando nuestros recursos y provocando una inminente escasez mundial. Por supuesto, la respuesta del populismo socialdemócrata a ambas cuestiones o, de hecho, a todas, es la misma: el socialismo o la planificación estatal debe reemplazar al capitalismo de libre mercado. Hace una generación, el gran economista Joseph Schumpeter describió en pocas palabras toda esta burda actuación de los intelectuales socialdemócratas: “El capitalismo soporta su juicio ante jueces que tienen en sus manos la pena de muerte. La aprobarán, cualquiera que sea la defensa que oigan; todo cuanto podría lograr una defensa exitosa sería un cambio en la acusación”.[2] Y así, los cargos, las acusaciones, pueden cambiar y contradecir cargos anteriores, pero la respuesta es constante y tediosamente la misma.

El Ataque Contra la Tecnología y el Crecimiento
El ataque en boga contra el crecimiento y la opulencia proviene claramente de adinerados y satisfechos socialdemócratas de clase alta.

A estos socialdemócratas, que disfrutan de una buena posición y de un nivel de vida jamás soñado incluso por los hombres más ricos de épocas pasadas, les resulta sencillo despreciar el “materialismo” y reclamar la suspensión de todo progreso económico ulterior.[3] Para la mayoría de la población del mundo, que aún pasa hambre, semejante pedido es verdaderamente obsceno; pero incluso en los Estados Unidos no hay muchas evidencias de saciedad y superabundancia. Los mismos socialdemócratas de clase alta no se han destacado por hacer una hoguera con sus cheques salariales como contribución a su guerra contra el “materialismo” y la opulencia.

El muy difundido ataque contra la tecnología es aun más irresponsable. Si la tecnología retrocediera hasta la era preindustrial e incluso hasta los tiempos primitivos, el resultado sería una hambruna masiva y la muerte a escala universal. La supervivencia misma de la gran mayoría de la población mundial depende de la tecnología moderna e industrial. En las épocas precolombinas vivían en Norteamérica aproximadamente un millón de indígenas, en un nivel de mera subsistencia. Ahora hay allí varios cientos de millones de habitantes, todos con un estándar de vida infinitamente superior, y esto se debe a la tecnología e industria modernas. Si las suprimimos, suprimiremos también a la gente. Por lo que sabemos, los fanáticos detractores del crecimiento demográfico considerarían como algo bueno esta “solución” al problema de la población, pero para la gran mayoría de las personas sería una draconiana “solución final”.

El ataque irresponsable contra la tecnología es otra de las volteretas de los socialdemócratas que, treinta años atrás, denunciaban al capitalismo por no poner a la tecnología moderna totalmente al servicio de la planificación estatal y reclamaban el gobierno absoluto para una elite “tecnocrática” moderna. Sin embargo, los mismos intelectuales que no hace tanto tiempo anhelaban una dictadura tecnocrática, ahora intentan privarnos de los vitales frutos de la tecnología.

Afortunadamente, los grupos de raza negra están comenzando a comprender el significado de la ideología populista socialdemócrata contraria al crecimiento. En enero de 1978, el directorio de la National Association for the Advancement of Colored People se opuso al programa energético del presidente Carter y pidió la desregulación de los precios del petróleo y del gas natural. Al explicar la nueva posición de la NAACP, la presidenta del directorio, Margaret Bush Wilson, declaró: “Nos preocupa la política de crecimiento lento del plan energético del presidente Carter. La cuestión es qué tipo de política de energía llevará a [...] una economía expansiva viable, una que no sea restrictiva, porque bajo el crecimiento lento los negros sufren más que nadie”. Delaney, Paul. “NAACP in Major Dispute on Energy View.” New York Times (30 de enero de 1978).

Sin embargo, las diversas fases del pensamiento populista socialdemócrata nunca mueren del todo; y muchos de los mismos detractores de la tecnología, en un giro de 180 grados respecto de la histeria de la automatización, anuncian con total seguridad que de ahora en más se producirá un estancamiento tecnológico. Predicen muy ufanos un sombrío futuro para la humanidad en el caso de que la tecnología se paralice y no continúe su mejoramiento y su aceleración. Ésta es la técnica de predicción seudocientífica contra el crecimiento del ampliamente difundido Informe del Club de Roma. Passell, Roberts y Ross escriben, en su crítica al informe: “Si la compañía de teléfonos se viera obligada a utilizar una tecnología de fines del siglo xix, harían falta 20 millones de operadores para encargarse del volumen actual de llamadas”. O, tal como lo observó el editor británico Norman Macrae, “una extrapolación de las tendencias de 1880 mostraría a las ciudades actuales sepultadas bajo el estiércol de caballo”.[4]Además:

Mientras que el modelo del equipo [el Club de Roma] elabora hipótesis de crecimiento exponencial para las necesidades industriales y agrícolas, pone límites arbitrarios, no exponenciales, al progreso tecnológico que podría satisfacer esas necesidades [...].
Thomas Malthus postuló algo similar dos siglos atrás, sin la ayuda de los resultados computarizados [...]. Malthus sostenía que la población tendía a multiplicarse exponencialmente, mientras que la oferta de alimentos, en el mejor de los casos, aumentaba a una tasa aritmética constante. Esperaba que la hambruna y la guerra restablecieran periódicamente el equilibrio [...].
Pero no hay, detrás de esta miopía, un criterio particular sobre el cual basar semejante especulación. Malthus estaba equivocado; la capacidad de provisión de alimentos se mantuvo al ritmo de la población. Si bien nadie lo sabe con seguridad, el progreso tecnológico no muestra signos de desaceleración. Las mejores estimaciones econométricas sugieren que en realidad está creciendo exponencialmente.[5]
Necesitamos más crecimiento económico, no menos; más y mejor tecnología, y no el imposible y absurdo intento de desechar la tecnología y retornar a la tribu primitiva. El mejoramiento tecnológico y la mayor inversión de capital llevarán a niveles de vida superiores para todos y proveerán más comodidades materiales, así como el placer de buscar el lado “espiritual” de la vida y disfrutarlo. A la gente que debe trabajar muchas horas para subsistir a duras penas, le queda muy poco tiempo disponible para la cultura o la civilización. El verdadero problema es que se está desalentando la inversión de capital productivo mediante los impuestos, las restricciones y los contratos gubernamentales para gastos improductivos y antieconómicos, incluyendo las asignaciones militar y espacial.

Además, los preciosos recursos técnicos que representan los científicos e ingenieros se están derivando cada vez más hacia la producción que interesa al gobierno, en lugar de utilizarlos para el consumo “civil”. Es preciso que el gobierno deje de interferir, que cese su carga de impuestos y gastos sobre la economía, y que los recursos productivos y tecnológicos una vez más se dediquen íntegramente a aumentar el bienestar de la masa de consumidores. Hace falta un mayor crecimiento, mejores niveles de vida y un equipamiento tecnológico y de capital que responda a los deseos y demandas de los consumidores, pero sólo podrán lograrse eliminando la pesada carga del estatismo y permitiendo que las energías de toda la población se expresen en la economía de libre mercado. Necesitamos un crecimiento económico y tecnológico que surja libremente, tal como lo demostró Jane Jacobs, de la economía de libre mercado, y no las distorsiones y desperdicios impuestos sobre la economía mundial desde que los socialdemócratas de la década de 1950 procedieron a alimentar por la fuerza a la economía. Necesitamos, en resumen, una economía verdaderamente libertaria, de libre mercado.

Conservación de los Recursos
Como lo hemos dicho, los mismos socialdemócratas que afirman que hemos entrado en la era “post-escasez” y que ya no necesitamos crecimiento económico están a la vanguardia de quienes se quejan de que la “codicia capitalista” está destruyendo nuestros escasos recursos naturales. Por ejemplo, los oscuros y apocalípticos augures del Club de Roma, mediante la simple extrapolación de las actuales tendencias de la utilización de recursos, predicen con total seguridad el agotamiento de materias primas vitales en un lapso de cuarenta años. Pero en los siglos recientes se han hecho innumerables predicciones seguras –y absolutamente erróneas– acerca del agotamiento de las materias primas.

Lo que los augures han pasado por alto es el rol vital que desempeña la economía de libre mercado en la conservación y el acrecentamiento de los recursos naturales. Consideremos, por ejemplo, una mina de cobre. ¿Por qué no se ha agotado el mineral hace tiempo debido a las inexorables demandas de la civilización industrial? ¿Por qué los mineros, una vez hallada y abierta una veta, no extraen todo el cobre inmediatamente? ¿Por qué, en vez de hacer esto, conservan la mina, le agregan capacidad y extraen el cobre en forma gradual, año tras año? Porque los propietarios de las minas saben que si, por ejemplo, triplican la producción de cobre de este año, podrían triplicar también sus ingresos en este período, pero estarían agotando la mina y, por ende, el ingreso futuro que podrían obtener. En el mercado, esta pérdida de ingreso futuro se ve inmediatamente reflejada en el valor monetario –el precio– de la mina como un todo.

Este valor monetario, reflejado en el precio de venta de la mina, y por consiguiente de las acciones individuales, se basa en el ingreso futuro que se espera ganar con la producción de cobre; cualquier agotamiento de la mina reducirá su valor, y por ende, el de las acciones. Todo propietario de una mina, entonces, debe sopesar las ventajas del ingreso inmediato por la producción de cobre contra la pérdida en el “valor de capital” de la mina y, en consecuencia, contra la pérdida en el valor de sus acciones.

Las decisiones de los propietarios de minas están determinadas por sus expectativas de rendimiento y de demandas futuras de cobre, las tasas de interés actuales y esperadas, etc. Supongamos, por ejemplo, que se prevé que el cobre quedará obsoleto en unos pocos años por la aparición de un nuevo metal sintético. En ese caso, los dueños de minas de cobre se apresurarán a producir más mineral en el presente, cuando vale más, y ahorrar menos para el futuro, cuando su valor será menor; así beneficiarán a los consumidores y a la economía en su totalidad, al producir cobre ahora, cuando la necesidad es más intensa. Pero si, por el contrario, se espera una escasez de cobre en el futuro, los propietarios de las minas producirán menos ahora y esperarán a producir más cantidad en el futuro, cuando los precios aumenten –beneficiando a la sociedad al producir más en el futuro, cuando se lo necesitará más–. Vemos así que la economía de mercado posee inherentemente un maravilloso mecanismo por el cual las decisiones de los dueños de los recursos en el presente, en contraste con la producción futura, benefician no sólo a su propio ingreso y riqueza, sino al grueso de los consumidores y a la economía en su totalidad.

Pero hay mucho más respecto de este mecanismo del libre mercado. Supongamos que se espera una creciente escasez de cobre en el futuro. El resultado es que se retendrá más cobre ahora y se lo ahorrará para la producción futura. El precio actual del cobre se incrementará. Ese aumento tendrá varios efectos “conservadores”. En primer lugar, el precio más elevado es una señal que indica a los usuarios de cobre que éste es más escaso y caro; ellos entonces “conservarán” (usarán menos) este metal más valorado. Al utilizar menos cobre, sustituyéndolo por metales o plásticos más baratos, el metal será aun más “conservado” y ahorrado para aquellos usos que no admiten un sustituto satisfactorio. Además, el mayor costo estimulará a) la exploración urgente para encontrar nuevas minas de cobre y b) una búsqueda de sustitutos menos caros, quizá mediante nuevos descubrimientos tecnológicos. Los mayores precios también incentivarán las campañas de ahorro y reciclado del metal. Este mecanismo de los precios en el libre mercado es precisamente la razón por la cual el cobre, y otros recursos naturales, no han desaparecido hace tiempo.

Passell, Roberts y Ross sostienen, en su crítica al Club de Roma:

Las reservas y necesidades de recursos naturales en el modelo están calculadas [en] [...] ausencia de los precios como una variable en la proyección de los “límites” hasta donde serán utilizados los recursos. En el mundo real, el aumento de precios actúa como una señal económica para conservar los recursos escasos, suministrando incentivos para el uso de materiales más baratos en su reemplazo, estimulando los esfuerzos de investigación acerca de nuevos métodos para ahorrar en el uso del recurso y realizando renovados intentos de exploraciones más beneficiosas.[6]
De hecho, en contraste con las predicciones apocalípticas, los precios de la materia prima y de los recursos naturales se han mantenido bajos, y en general han declinado en relación con otros precios. Para los intelectuales socialdemócratas y marxistas, esto suele ser un signo de la “explotación” capitalista de los países subdesarrollados, que por lo común son los productores de las materias primas. Pero es una señal de algo completamente distinto, de que los recursos naturales no se han hecho cada vez más escasos sino más abundantes, y por eso su costo relativo es menor. El desarrollo de sustitutos menos costosos, como plásticos y fibras sintéticas, mantuvo a los recursos naturales baratos y abundantes. Y podemos esperar que dentro de algunas décadas la tecnología moderna desarrolle una fuente de energía notablemente barata –la fusión nuclear–, lo cual generará automáticamente una gran abundancia de materias primas para el trabajo que haya que realizar.

La fabricación de materiales sintéticos y la producción de energía más barata subraya un aspecto vital de la tecnología moderna que los augures del desastre han ignorado: que la tecnología y la producción industrial crean recursos que nunca antes habían existido efectivamente como tales. Por ejemplo, antes de la invención de la lámpara de querosén, y especialmente del automóvil, el petróleo no era un recurso sino un desecho indeseado, una inmensa “plaga”, líquida y negra. Sólo el desarrollo de la industria moderna lo convirtió en un recurso útil. Más aun, la tecnología actual, a través de técnicas geológicas perfeccionadas y mediante los incentivos del mercado, ha permitido encontrar nuevas reservas de petróleo a un ritmo rápido.

Las predicciones sobre el inminente agotamiento de recursos, como lo hemos señalado, no son nada nuevo. En 1908, el presidente Theodore Roosevelt, al citar a una conferencia de gobernadores acerca de los recursos naturales, advirtió respecto de su “inminente agotamiento”. En la misma conferencia, el industrial del acero Andrew Carnegie predijo el agotamiento del hierro en el Lago Superior para 1940, mientras que el magnate de los ferrocarriles James J. Hill anunció que gran parte de los recursos madereros del país se extinguirían en el curso de diez años. No sólo eso: Hill incluso predijo la inminente escasez de la producción de trigo en los Estados Unidos, donde aún se está tratando de resolver el problema de los excedentes de trigo generados por el programa de subsidios agrícolas.

Los actuales pronósticos ominosos tienen la misma base: una lastimosa subestimación de las perspectivas de la tecnología moderna y una total ignorancia sobre el funcionamiento de la economía de mercado.[7]

Es cierto que varios recursos naturales se han agotado, en el pasado y ahora. Pero en cada caso particular la razón no ha sido la “codicia capitalista” sino, por el contrario, el fracaso del gobierno, que no permitió la propiedad privada del recurso –en pocas palabras, su incapacidad de comprender suficientemente la lógica de los derechos de la propiedad privada.

Un ejemplo de esto fueron los recursos madereros. En el oeste de los Estados Unidos y en Canadá, la mayoría de los bosques pertenecen al gobierno federal (o provincial), no a propietarios privados. El gobierno arrienda su utilización a las empresas madereras privadas. En resumen, sólo se permite la propiedad privada sobre el uso anual del recurso, pero no sobre el bosque, o sea, el recurso mismo. En esta situación, las compañías madereras privadas no son poseedoras del valor del capital, y por ende no tienen que preocuparse acerca del agotamiento del recurso. Carecen de incentivos económicos para conservar el bosque, replantar los árboles, etc. Todo cuanto les interesa es cortar la mayor cantidad de árboles lo más rápido posible, dado que el mantenimiento del valor del capital del bosque no les reporta ningún beneficio económico. En Europa, donde la propiedad privada de los bosques es mucho más común, hay pocas denuncias acerca de la destrucción de los recursos madereros, dado que a los propietarios les interesa preservar y restaurar el crecimiento de nuevos árboles a medida que talan otros, para evitar el agotamiento del valor de capital del bosque.[8]

En los Estados Unidos, la mayor parte de la culpa recae sobre el Servicio Forestal del Departamento de Agricultura, que es propietario de los bosques y otorga derechos anuales para cortar la madera, con la resultante devastación de los árboles. En contraste, en los bosques de propiedad privada, por ejemplo los pertenecientes a las grandes firmas madereras como Georgia-Pacific y U.S. Plywood, la tala y la reforestación se llevan a cabo científicamente, para mantener la provisión futura de árboles.[9]

Otra lamentable consecuencia del fracaso del gobierno de los Estados Unidos en cuanto a permitir la propiedad privada sobre un recurso fue la destrucción de las praderas occidentales a fines del siglo xix. Todos los espectadores de películas del “oeste” están familiarizados con la mística del “campo abierto” y de las luchas habitualmente violentas entre los ganaderos, los pastores y los granjeros por las parcelas existentes. El “campo abierto” demostró el fracaso del gobierno federal al aplicar las leyes de protección de las tierras de colonización a las condiciones cambiantes del clima extremadamente seco al oeste del Mississippi. En el este, los 160 acres (equivalentes a 6.560 hectáreas) de tierras fiscales otorgados en forma gratuita a los granjeros colonizadores constituían una unidad tecnológica viable para el cultivo en un clima más húmedo. No ocurrió lo mismo en el oeste, donde el clima excesivamente seco no permitía organizar con éxito una hacienda para la cría de ganado vacuno u ovino en apenas 160 acres. Pero el gobierno federal se negó a aumentar la unidad de 160 acres para permitir la colonización de haciendas ganaderas más grandes. La consecuencia fue el “campo abierto”, por el cual los propietarios de ganado vacuno y ovino podían dejar que sus rebaños vagaran sin control alguno en las tierras de pastoreo de propiedad del gobierno. Esto significaba que nadie era dueño de los pastos, de la tierra misma; entonces, para todo propietario de vacas u ovejas el pastoreo representaba una ventaja económica, y debía realizarlo lo más pronto posible, porque de lo contrario lo haría otro ganadero. El resultado de esta trágica imprevisión, de esta negativa a permitir la propiedad privada de las tierras de pastoreo, fue el agotamiento de la pradera y la devastación producida por el pastoreo en etapas demasiado tempranas de la temporada: nadie restauraba o replantaba los pastos, ya que si alguien se hubiese molestado en hacerlo, no habría tardado en venir otro a hacer pastar allí su ganado. De este modo, el pastoreo excesivo en el oeste tuvo como consecuencia el surgimiento de la zona semidesértica, así como las tentativas ilegales de numerosos granjeros y propietarios de ganado vacuno y ovino de tomar la ley en sus manos y cercar las tierras transformándolas en propiedad privada, con los violentos enfrentamientos consiguientes. El profesor Samuel P. Hays, en su fidedigna descripción del movimiento conservacionista en los Estados Unidos, describe el problema de la pradera:

Gran parte de la industria ganadera del oeste dependía, para obtener forraje, del campo “abierto” que, aunque propiedad del gobierno federal, cualquiera podía utilizar a voluntad [...]. El Congreso nunca promulgó legislación alguna que regulara el pastoreo o permitiera a los ganaderos adquirir esas tierras. Los animales y los dueños del ganado vacuno y ovino vagaban por las tierras públicas [...]. Los ganaderos cercaban los campos para su uso exclusivo pero sus competidores cortaban los alambrados. Los dueños de vacas y ovejas “resolvían” sus disputas sobre el pastoreo de tierras por medio de la violencia, matando el ganado de sus rivales y asesinando a éstos [...]. La ausencia de las instituciones más elementales del derecho de propiedad generó confusión, encono y destrucción. En medio de estos disturbios, las praderas públicas se deterioraron rápidamente. Las reservas de forraje, otrora ricas y abundantes, quedaron sujetas a una intensa presión debido al creciente uso [...]. En las tierras públicas pastaban más animales que los que el campo podía mantener. Como cada ganadero temía que otros llegaran antes al forraje disponible, llevaba su ganado en épocas cada vez más tempranas del año y así no permitían que el pasto nuevo creciera y volviera a dar semillas. En semejantes condiciones, la calidad y cantidad del forraje disponible decrecieron rápidamente; los vigorosos pastos perennes dieron paso a los anuales, y los anuales, a las cizañas.[10]
Hays concluye que es posible que, debido a este proceso, se hayan agotado unos dos tercios de las tierras de pastoreo de propiedad del Estado, en comparación con su condición original.

Hay un área de vital importancia en la cual la ausencia de propiedad privada sobre los recursos ha causado, y aún causa, no sólo su agotamiento sino también la total imposibilidad de desarrollar un vasto potencial de recursos. Se trata de los océanos, cuya productividad potencial es enorme. Los océanos se encuentran bajo el dominio público internacional, es decir que ninguna persona, ninguna empresa, o incluso ningún gobierno nacional posee derechos de propiedad sobre partes de ellos. En consecuencia, continúan en el mismo estado primitivo en que estaba la tierra antes del desarrollo de la agricultura. Los hombres primitivos eran cazadores y recolectores; su sistema de producción consistía en la caza de animales salvajes y en la recolección de frutas, bayas, nueces, semillas y vegetales silvestres. El hombre prehistórico trabajaba pasivamente dentro de su entorno en lugar de actuar para transformarlo; por lo tanto, se limitaba a vivir de la tierra, sin intentar hacerla producir. Como resultado, la tierra era improductiva, y sólo algunos miembros de las tribus, relativamente pocos, se mantenían en un nivel de simple subsistencia. Recién con el desarrollo de la agricultura y la transformación de la tierra mediante el cultivo, la productividad y los niveles de vida pudieron avanzar a pasos agigantados. Sólo la agricultura pudo dar comienzo a la civilización; para que su desarrollo fuera posible debía haber derechos de propiedad privada, primero sobre los campos cultivados y las cosechas, y luego sobre la tierra misma.

Con respecto al océano, sin embargo, aún estamos en el estadio de la caza y la recolección primitiva, improductiva. Cualquiera puede capturar peces en el océano o extraer sus recursos, pero sólo al pasar, sólo como pescador y recolector. Nadie puede cultivar el océano, nadie puede llevar a cabo lo que denominaríamos acuacultura. Por lo tanto, estamos privados del uso de los inmensos recursos pesqueros y minerales de los mares. Por ejemplo, si alguien intentara cultivar el mar e incrementar la productividad de la pesca mediante fertilizantes, inmediatamente sería privado de los frutos de sus esfuerzos, porque no podría impedir que otros pescadores se apoderaran de los peces.

En consecuencia, nadie intenta fertilizar los océanos del modo en que se fertiliza la tierra. Además, no hay ningún incentivo económico –en realidad, todos los incentivos son negativos– para llevar a cabo una investigación tecnológica sobre las formas y medios de mejorar la productividad de la pesca, o sobre la extracción de los recursos minerales de los océanos. Tal incentivo existirá cuando haya plenos derechos de propiedad sobre las partes del océano, como los hay sobre la tierra. Incluso ahora se dispone de una técnica sencilla pero efectiva que podría utilizarse para aumentar la productividad pesquera: partes del océano se podrían alambrar electrónicamente, y mediante este alambrado electrónico, ya disponible, se podría separar a los peces por tamaño. Al impedir que los peces grandes se comieran a los más pequeños, la producción pesquera podría aumentar muchísimo. Y si se permitiera la propiedad privada sobre partes del océano, asistiríamos a un vasto florecimiento de la acuacultura que crearía y multiplicaría los recursos oceánicos de maneras que aún no podemos prever.

Los gobiernos nacionales han intentado vanamente resolver el problema del agotamiento de los peces al imponer restricciones irracionales y antieconómicas sobre la magnitud total de la pesca, o sobre la duración de la temporada en que está autorizada. En los casos del salmón, el atún y el mero, los métodos tecnológicos de pesca se han mantenido en un nivel primitivo y poco productivo al acortar indebidamente la temporada y perjudicar la calidad de la pesca, y al estimular la sobreproducción –y la subutilización durante el año– de las flotas pesqueras. Por supuesto, esas restricciones gubernamentales no contribuyen a estimular el crecimiento de la acuacultura. Los profesores North y Miller escriben:

Los pescadores son pobres porque están obligados a utilizar equipamiento ineficiente y a pescar sólo durante una pequeña parte del tiempo [debido a las regulaciones gubernamentales], y, por supuesto, hay demasiados pescadores. El consumidor paga un precio mucho más alto por el salmón rosado que lo que sería necesario si se utilizaran métodos eficientes. A pesar de las limitaciones impuestas por las siempre crecientes e intrincadas regulaciones, la preservación del desove del salmón aún no está asegurada.
La raíz del problema descansa en la actual inexistencia de derechos de propiedad. A ningún pescador individual lo preocupa la perpetuación del salmón. Todo lo contrario: su interés es pescar tanto cuanto sea posible durante una temporada.[11]
En contraste con esta situación, North y Miller destacan que los derechos de propiedad privada del océano, que permitirían al propietario emplear tecnología menos costosa y más eficiente, y preservar y hacer más productivo el recurso, son hoy en día más factibles que nunca: “La invención del moderno equipamiento de sensores electrónicos ha hecho ahora que la supervisión de grandes cuerpos de agua sea relativamente barata y sencilla”.[12]

Los crecientes conflictos internacionales sobre partes del océano no hacen otra cosa que subrayar aun más la importancia de los derechos de propiedad privada sobre esta área vital. En efecto, a medida que los Estados Unidos y otras naciones afirman su soberanía hasta 200 millas de sus costas, y que las empresas privadas y los gobiernos se disputan las mismas áreas del océano –con barcos pesqueros rastreadores, redes de pesca, perforaciones en busca de petróleo y excavaciones del lecho marino en procura de minerales–, los derechos de propiedad adquieren cada vez mayor importancia. En palabras de Francis Christy:

[...] el carbón se extrae de yacimientos submarinos, el petróleo, mediante plataformas fijadas al fondo del mar y que se elevan por sobre la superficie del agua, y los minerales pueden ser dragados en el lecho oceánico [...]; los organismos que viven en las profundidades sobre las cuales están tendidos los cables telefónicos son arrancados de sus hábitat o atrapados en trampas o redes; las especies que viven a profundidad media pueden ser capturadas con anzuelos y líneas o mediante redes que ocasionalmente obstaculizan a los submarinos; a las que nadan más cerca de la superficie se las atrapa con redes o con arpones; la superficie misma se utiliza para el transporte y los navíos participan en la extracción de recursos.[13]
Este creciente conflicto lleva a Christy a predecir que “los mares se encuentran en un estado de transición. Están pasando desde la condición en la que los derechos de propiedad son casi inexistentes a otra en la cual esos derechos se harán, de algún modo, apropiados y disponibles”. “Eventualmente”, concluye Christy, “a medida que los recursos marítimos se tornen más valiosos, se adquirirán los derechos exclusivos”.[14]

La Contaminación
Aun si se lograra esa total propiedad privada sobre los recursos, y el libre mercado conservara y creara recursos de un modo mucho más eficiente que la regulación gubernamental, ¿qué ocurriría con el problema de la contaminación? ¿No experimentaríamos una contaminación agravada por la “codicia capitalista”, que estaría fuera de control?

Ante todo, hay un hecho completamente empírico: ha quedado demostrado que la propiedad gubernamental, e incluso el socialismo, no ha dado solución alguna al problema de la contaminación. Incluso los partidarios más convencidos de la planificación gubernamental aceptan que el envenenamiento del lago Baikal en la Unión Soviética es un testimonio de la imprudente contaminación industrial de un valioso recurso natural. Pero hay mucho más que eso. Veamos, por ejemplo, las dos áreas cruciales en las cuales la contaminación se ha convertido en un problema importante: el aire y los cursos de agua, en particular, los ríos. Sin embargo, éstas son precisamente dos de las vitales áreas en la sociedad en las que no se permite el funcionamiento de la propiedad privada.

En primer lugar, los ríos. Éstos, y una parte de los océanos, son poseídos por el gobierno; no se ha permitido la propiedad privada sobre el agua, al menos la propiedad privada absoluta. En esencia, entonces, el gobierno es el propietario de los ríos. Pero la propiedad gubernamental no es una verdadera propiedad, porque los funcionarios, si bien son capaces de controlar el recurso, no pueden obtener su valor de capital en el mercado. No pueden vender los ríos ni acciones sobre ellos. Por ende, no tienen ningún incentivo económico para preservar su pureza y su valor. Como, en un sentido económico, los ríos “carecen de propietario”, el gobierno ha permitido que sus aguas fueran corrompidas y contaminadas. Cualquiera puede arrojar basura y desperdicios en ellas. Pero consideremos qué sucedería si los ríos y lagos pudieran ser de propiedad privada. Si una empresa privada fuera propietaria del lago Erie, por ejemplo, cualquiera que arrojase residuos en el lago sería debidamente demandado ante la justicia por su agresión contra la propiedad privada, y el tribunal lo obligaría a pagar los daños y a desistir de cualquier agresión similar en el futuro. Por lo tanto, sólo los derechos de propiedad impedirán que continúe la invasión contaminante de los recursos. Como los ríos no pertenecen a nadie, no hay quien se preocupe por defender su precioso recurso contra los ataques. Si, por el contrario, cualquiera arrojara basura o elementos contaminantes a un lago de propiedad privada (como lo son muchos lagos pequeños), no se le permitiría hacerlo por mucho tiempo, ya que su dueño saldría de inmediato en su defensa.[15]

El profesor Dolan sostiene:

Si hubiera una General Motors propietaria del río Mississippi, podemos estar seguros de que se harían severas acusaciones a las industrias y a las municipalidades por el vertido de efluentes en sus costas, y el agua se mantendría lo suficientemente limpia como para maximizar las ganancias provenientes de los permisos otorgados a empresas interesadas en el uso de agua potable, en la recreación y en la pesca comercial.[16]
El gobierno, como propietario, ha autorizado la contaminación de los ríos, pero también ha sido el principal contaminador activo individual, especialmente el gobierno municipal, como responsable de la eliminación de las aguas servidas. Existen retretes químicos de bajo costo que pueden quemar los desechos cloacales sin contaminar el aire, el suelo o el agua; pero ¿quién invertirá en retretes químicos cuando los gobiernos locales eliminan las aguas servidas en forma gratuita?

Este ejemplo destaca un problema similar al caso de la obstaculización al desarrollo de la tecnología relacionada con el agua debido a la ausencia de derechos de propiedad privada: si los gobiernos, como propietarios de los ríos, permiten la contaminación de las aguas, entonces la tecnología industrial se convertirá –y de hecho, así ha sido– en una tecnología contaminante del agua. Si los procesos de producción pueden contaminar los ríos sin control de sus propietarios, entonces tendremos esa clase de tecnología productiva.

Si el problema de la contaminación de los acuíferos puede solucionarse con derechos de propiedad sobre el agua, ¿qué ocurre con la contaminación del aire? ¿Qué solución proponen los libertarios para este grave problema? ¿Con seguridad, no puede haber propiedad privada en el aire? Pero la respuesta es que sí puede haberla. Ya hemos visto que las frecuencias radiales y televisivas pueden ser de propiedad privada; también podrían serlo las rutas de las aerolíneas. Por ejemplo, en el caso de las aerolíneas comerciales, no es necesario que una Junta Civil de Aeronáutica determine –y restrinja– las rutas entre diferentes ciudades. Pero en el caso de la polución del aire ya no se trata de la propiedad privada del aire sino de la protección de la propiedad privada de nuestro organismo, nuestros campos y nuestras huertas. El hecho fundamental respecto de la polución del aire es que quien la realiza envía contaminantes indeseados y no pedidos –desde humo de cigarrillo hasta dióxido de azufre o precipitación radiactiva en la atmósfera, como consecuencia de las explosiones nucleares– al aire y a los pulmones de víctimas inocentes, así como también a su propiedad material. Todas esas emanaciones que dañan a la persona o la propiedad constituyen una agresión, semejante a la de incendiar la propiedad de otro o herirlo físicamente. La polución del aire que perjudica a otros es lisa y llanamente una agresión.

La principal función del gobierno –de los tribunales y de la policía– es detener la agresión, pero no ha cumplido esta tarea y ha fracasado terriblemente en el ejercicio de su función de defensa contra la contaminación del aire.

Es importante darse cuenta de que este fracaso no ha sido puramente una cuestión de ignorancia, una simple demora para reconocer un nuevo problema tecnológico y enfrentarlo. En efecto, si bien algunos de los nuevos contaminantes se han descubierto hace muy poco tiempo, el humo producido por las fábricas y muchos de sus malos efectos eran conocidos desde la Revolución Industrial, conocidos hasta el punto de que los tribunales estadounidenses, a fines del siglo xix –e incluso podemos remontarnos a sus comienzos–, tomaron la decisión deliberada de permitir que los derechos de propiedad fueran violados por el humo industrial. Para lograrlo, debían cambiar y debilitar sistemáticamente las defensas a la propiedad privada inherentes al derecho común anglosajón, y así lo hicieron. Antes de mediados y fines del siglo xix, cualquier contaminación perjudicial del aire se consideraba un agravio, un daño por el cual la persona damnificada podía hacer una demanda y obtener una orden para que cesara cualquier invasión ulterior a sus derechos de propiedad. Pero a fines del siglo xix, los tribunales alteraron de manera sistemática las leyes que penaban la negligencia y el perjuicio para permitir toda contaminación del aire que no fuera inusitadamente mayor que la de cualquier empresa fabril similar, cuyo alcance no fuera más amplio que lo acostumbrado por las demás fábricas contaminadoras.

En la medida en que se construían las fábricas y comenzaban a emitir humo, destruyendo las huertas de los granjeros vecinos, éstos demandaban a sus propietarios por daños y solicitaban la intervención de los tribunales para evitar una mayor invasión a sus propiedades. La respuesta de los jueces era: “Sabemos que, lamentablemente, el humo industrial (es decir, la contaminación del aire) invade y lesiona sus derechos de propiedad. Pero hay algo más importante que los meros derechos de propiedad, y es la política pública, el ‘bien común’. El bien común decreta que la industria y el progreso industrial son algo bueno, y por lo tanto sus simples derechos de propiedad privada deben ser abrogados en nombre del bienestar general”. Y ahora todos nosotros pagamos el amargo precio de este atropello a los derechos de propiedad, en forma de enfermedades pulmonares y otras innumerables dolencias. ¡Y todo por el “bien común”![17]

Este principio que guió a las cortes de justicia durante la “era del aire” bien puede verse en la decisión de los tribunales de Ohio en el proceso Antonik vs. Chamberlain (1947). Los residentes de un área suburbana cercana a Akron iniciaron juicio a los propietarios de un aeropuerto privado para impedir su funcionamiento.

Los fundamentos de la demanda consistían en que el ruido excesivo lesionaba los derechos de propiedad. Al rechazarla, el tribunal declaró:

Nosotros, constituidos como corte de justicia, en nuestra tarea de juzgar este caso no sólo debemos tomar en consideración el conflicto de intereses entre el propietario del aeropuerto y los propietarios vecinos, sino además reconocer la política pública de la generación en la que vivimos. Debemos reconocer que el establecimiento de un aeropuerto [...] es de gran interés para el público, y si ese aeropuerto resultara eliminado, o se impidiera su establecimiento, las consecuencias no sólo serían un serio daño al dueño del aeropuerto sino que podrían significar la grave pérdida de un valioso activo para toda la comunidad.[18]
Como remate a los crímenes de los jueces, las legislaturas federal y estatales cimentaron la agresión al prohibir que los damnificados por la polución del aire entablaran “demandas de clase” contra los contaminadores. Obviamente, si una fábrica contamina la atmósfera de una ciudad donde hay decenas de miles de personas, resulta poco práctico que cada una de ellas inicie un litigio para resarcirse por su daño particular (aunque el requerimiento judicial de una sola víctima resultaría efectivo). Por lo tanto, el derecho común reconoce la validez de las “demandas de clase”, en las cuales una o algunas víctimas pueden enviar a juicio al agresor no sólo en su nombre, sino en nombre de toda la clase de víctimas similares. Pero en los casos de contaminación las legislaturas impidieron sistemáticamente las “demandas de clase”. Por este motivo, un damnificado puede demandar “por daño privado” a un contaminador que lo perjudica individualmente, y ganar el pleito. ¡Pero la ley le prohíbe actuar contra un contaminador masivo que está dañando a un gran número de personas en un área dada! Como lo expresa Frank Bubb, “es como si el gobierno le dijera que lo protegerá (intentará hacerlo) de un ladrón que le roba sólo a usted, pero no lo protegerá si el ladrón también roba a todos los demás vecinos [...]”.[19]

También el ruido es una forma de contaminación del aire. El ruido es la creación de ondas sonoras que se desplazan por el aire e invaden a las personas y a sus propiedades. Recientemente los médicos comenzaron a investigar los efectos perjudiciales del ruido en la fisiología humana. También en ese caso, un sistema legal libertario permitiría que se entablaran juicios por daños y demandas de clase contra el ruido excesivo y perjudicial: contra la “contaminación sonora”.

El remedio contra la contaminación del aire es sumamente claro, y no tiene nada que ver con los multimillonarios programas paliativos del gobierno a expensas de los contribuyentes, que ni siquiera comprenden cuál es la verdadera cuestión. La solución consiste simplemente en que los tribunales retomen su función de defender los derechos de la persona y la propiedad contra la invasión y, por ende, impidan toda introducción de contaminantes en el aire. Pero ¿qué ocurrirá con los defensores del progreso industrial partidarios de la contaminación? ¿Y qué decir de los mayores costos que tendría que pagar el consumidor? ¿Y qué pasaría con nuestra actual tecnología contaminante?

El argumento de que una prohibición semejante contra la contaminación incrementaría los costos de la producción industrial es tan reprensible como el que se esgrimía antes de la Guerra Civil según el cual la abolición de la esclavitud aumentaría los costos del cultivo del algodón, y que por lo tanto la abolición, aunque moralmente correcta, era “impráctica”. Esto implica que los contaminadores tienen el derecho de imponer los altos costos de la contaminación a aquellos cuyos pulmones y derechos de propiedad se les ha permitido invadir impunemente.

Además, el argumento del costo y la tecnología pasa por alto el hecho vital de que si se permite que la contaminación del aire continúe sin castigo, no habrá ningún incentivo económico para desarrollar una tecnología que no contamine. Por el contrario, el incentivo sería cada vez menor, como sucedió durante un siglo, precisamente del modo contrario. Supongamos, por ejemplo, que en los tiempos en que se comenzaba a utilizar automóviles y camiones, los tribunales hubieran emitido el siguiente fallo: “Normalmente, nos opondríamos a que los camiones pasaran por los jardines, por ser esto una invasión a la propiedad privada, e insistiríamos en que se limitaran a circular por las rutas, pese a la congestión del tránsito que esto implicaría. Pero los camiones son de vital importancia para el bienestar público, y por lo tanto decretamos que deben poder cruzar cualquier jardín siempre que consideren que esto solucionará sus problemas de tránsito”. Si las cortes hubiesen fallado de esta manera, ahora tendríamos un sistema de transporte en el cual los jardines serían sistemáticamente destruidos por los camiones. Y cualquier intento por detener esto sería desacreditado ¡en nombre de las necesidades del transporte moderno! La cuestión es que ésta es precisamente la forma en que los tribunales fallaron acerca de la contaminación del aire, que es mucho más perjudicial para todos que arrasar los jardines. De esta manera el gobierno le dio luz verde, desde el comienzo, a la tecnología contaminante, y no es extraño, entonces, que sea precisamente ésta la que tenemos. El único remedio es obligar a los contaminadores a detener su invasión y, por lo tanto, a redireccionar la tecnología a canales no contaminantes o incluso anti-contaminantes.

Hasta en este estadio necesariamente primitivo de la tecnología anti-contaminante se han desarrollado técnicas para combatir la polución aérea y sonora. En las máquinas que producen ruidos intensos se pueden instalar amortiguadores que emiten ondas sonoras contra-cíclicas a las que emiten las máquinas, y de este modo se anulan los ruidos. Los desechos eliminados por las chimeneas pueden ser recuperados y reciclados para convertirse en productos útiles para la industria. Así, el dióxido de azufre, uno de los mayores contaminantes del aire, puede reciclarse para producir ácido sulfúrico, económicamente valioso.[20] El motor de explosión, sumamente contaminante, deberá ser modificado mediante nuevos dispositivos o reemplazado por motores no contaminantes como los diesel, los que funcionan con gas o con vapor; una alternativa son los automóviles eléctricos. Y, como señala Robert Poole, Jr., un ingeniero de sistemas libertario, los costos de instalar la tecnología no contaminante o anti-contaminante serían entonces “sobrellevados en última instancia por los consumidores de los productos de la empresa, es decir, por aquellos que deciden asociarse con la firma, en lugar de gravitar sobre terceros inocentes en forma de contaminación (o de impuestos)”.[21]

Una buena definición de la contaminación es la de Robert Poole, que la considera “como la transferencia de materia o energía perjudicial para la persona o la propiedad de otro, sin el consentimiento de éste”.[22] La solución libertaria –la única definitiva– al problema de la polución del aire consiste en recurrir a los tribunales y a la estructura legal para combatir y prevenir esa invasión. En los últimos tiempos se observan signos de que el sistema jurídico está comenzando a cambiar en esta dirección: nuevas decisiones judiciales y la revocación de las leyes que prohibían las demandas de clase. Pero éste es sólo el comienzo.[23]

Los conservadores –en contraste con los libertarios– dan dos respuestas al problema de la polución del aire que en última instancia son similares. Una de ellas, la de Ayn Rand y Robert Moses, entre otros, niega la existencia del problema y atribuye toda la agitación a la izquierda que quiere destruir el capitalismo y la tecnología en nombre de una forma de socialismo tribal. Si bien parte de esta crítica puede ser correcta, al negar la existencia del problema se niega a la ciencia misma y se brinda un aval importantísimo a las acusaciones de la izquierda según las cuales los defensores del capitalismo “ponen los derechos de propiedad por encima de los derechos humanos”. Además, al defender la polución del aire estos conservadores ni siquiera defienden los derechos de propiedad; por el contrario, otorgan su aprobación a los devotos de la industrialización a ultranza que violan los derechos de propiedad de la masa de la ciudadanía.

Una segunda y más sofisticada respuesta conservadora es la de los economistas de libre mercado, como Milton Friedman. Los seguidores de Friedman aceptan la existencia de la contaminación del aire pero proponen enfrentarla, no con una defensa de los derechos de propiedad, sino más bien con un supuesto cálculo utilitario de “costo-beneficio” realizado por el gobierno, que entonces tomaría una “decisión social”, de cumplimiento obligatorio, respecto de qué grado de contaminación permitir. Esta decisión se aplicaría de dos maneras: una de ellas sería el otorgamiento de permisos a las empresas para emitir una cantidad dada de contaminación (“derechos de contaminación”), determinada por una escala graduada de impuestos que gravarían los excesos; la otra consistiría en un pago de los contribuyentes a las empresas para que no contaminaran. Estas propuestas no sólo le darían al gobierno un enorme poder burocrático en nombre de la salvaguardia del “libre mercado”, sino que seguirían permitiendo el avasallamiento de los derechos de propiedad con el pretexto de una decisión colectiva aplicada coercitivamente por el Estado. Esto está lejos de cualquier “mercado libre” genuino y revela que, como en muchas otras áreas de la economía, resulta imposible defender verdaderamente la libertad y el libre mercado sin insistir en proteger los derechos de propiedad privada. La grotesca afirmación de Friedman de que los habitantes urbanos que no deseen contraer un enfisema deberían mudarse al campo, recuerda estrictamente la famosa frase de María Antonieta: “Déjenlos comer torta”, y revela la falta de sensibilidad con respecto a los derechos humanos y de propiedad. La manifestación de Friedman, de hecho, contiene la declaración típicamente conservadora, “Si no le gusta este lugar, váyase”, que implica que el gobierno justamente es dueño de toda el área terrestre de “este lugar”, y que cualquiera que se oponga a sus decisiones debe irse. La crítica libertaria de Robert Poole a las propuestas de Friedman ofrece un contraste reconfortante:

Lamentablemente, es un ejemplo del más serio fracaso de los economistas conservadores: en ninguna parte de la propuesta se mencionan los derechos. Es la misma falla que ha debilitado a los defensores del capitalismo por 200 años. Incluso hoy, el término laissez-faire evoca imágenes de las ciudades fabriles inglesas del siglo xviii, sumergidas en humo y sucias de hollín. Los primeros capitalistas estaban de acuerdo con los tribunales en que el humo y el hollín eran el “precio” que se debía pagar por los beneficios de la industria [...]. Sin embargo, el laissez-faire sin derechos es una contradicción en términos; la posición del laissez-faire se basa en los derechos de propiedad y deriva de ellos, y sólo puede perdurar cuando los derechos se mantienen inviolados. Ahora, en una era en la cual se toma cada vez más conciencia del medio ambiente, esta antigua contradicción vuelve a acechar al capitalismo.
Es cierto que el aire es un recurso escaso [como dicen los partidarios de Friedman], pero entonces hay que preguntarse por qué es escaso. Si lo es debido a un sistemático atropello de los derechos, entonces la solución no es aumentar el precio del statu quo, sancionando así las violaciones a los derechos, sino afirmar los derechos y exigir que sean protegidos [...]. Cuando una fábrica emite una gran cantidad de moléculas de dióxido de azufre que entran en los pulmones de alguien y le causan un edema pulmonar, los dueños de la fábrica han agredido a esa persona tanto como si le hubiesen roto una pierna. Hay que enfatizar esta cuestión porque resulta vital para la posición libertaria de laissez-faire. Un contaminador partidario del laissez-faire es una contradicción en términos y debe ser identificado como tal. Una sociedad libertaria sería una sociedad de plena responsabilidad, en la que todos son responsables de sus acciones y de cualquier consecuencia perjudicial que éstas puedan causar.[24]
Además de traicionar su supuesta función de defender la propiedad privada, el gobierno contribuyó a contaminar el aire en un sentido más positivo. No hace mucho tiempo, el Ministerio de Agricultura roció masivamente grandes áreas con DDT utilizando helicópteros, en contra de los deseos de los agricultores individuales que no estaban de acuerdo con la medida. Aún continúa esparciendo toneladas de insecticidas venenosos y cancerígenos por todo el sur, en un caro y vano intento de erradicar la hormiga colorada.[25] Y la Comisión de Energía Atómica, mediante la realización de pruebas atómicas, contaminó el aire y el suelo con desechos radiactivos. Las plantas municipales de agua y energía eléctrica, y las compañías monopólicas de servicios públicos con licencia gubernamental, contaminan excesivamente la atmósfera. En consecuencia, una de las principales tareas del Estado en esta área consiste en poner fin al envenenamiento de la atmósfera que él mismo está llevando a cabo.

Cuando ponemos al desnudo las confusiones y la filosofía defectuosa de los ecologistas modernos, encontramos un importante y sólido argumento para denunciar el sistema existente, pero no en contra del capitalismo, la propiedad privada, el crecimiento o la tecnología per se, sino en contra del fracaso del gobierno en cuanto a defender los derechos de propiedad contra la invasión. Si se defendieran plenamente estos derechos, tanto de la violación privada como de la gubernamental, descubriríamos, como en otras áreas de la economía y de la sociedad, que la empresa privada y la tecnología moderna no serían una maldición para la humanidad, sino su salvación.

[1] Irónicamente, el economista conservador Dr. George Terborgh, quien había escrito la principal refutación de la tesis del estancamiento una generación antes (The Bogey of Economic Maturity [1945]), escribió ahora la más importante impugnación de la nueva ola, The Automation Hysteria (1966).

[2] Schumpeter, Joseph A. Capitalism, Socialism, and Democracy. Nueva York, Harper & Bros., 1942, p. 144.

[3] Cf. la interpretación en Tucker, William. “Environmentalism and the Leisure Class.” Harper’s (diciembre de 1977), pp. 49-56, 73-80.

[4] Meadows, D. et al. The Limits of Growth. Nueva York, Universe Books, 1972; Passell, P. Roberts, M. y Ross, L. “Review of The Limits to Growth.” New York Times Book Reviews (2 de abril de 1972), p. 10.

[5] Passell, Roberts y Ross, op. cit., p. 12.

[6] Passell, Roberts y Ross, op. cit., p. 12.

[7] Sobre estos pronósticos equivocados, véase Nolan, Thomas B. “The Inexhaustible Resource of Technology.” En: Jarret, H. (ed.). Perspectives on Conservation. Baltimore, Johns Hopkins Press, 1958, pp. 49-66.

[8] Sobre la conservación de los recursos madereros, y en general, véase Scott, Anthony. Natural Resources: The Economics of Conservation. Toronto, University of Toronto Press, 1955, pp. 121-125 passim.

Sobre las maneras en las cuales el propio gobierno federal ha estado destruyendo los recursos madereros en lugar de conservarlos, desde la construcción de autopistas hasta la de represas y otros proyectos del Cuerpo de Ingenieros del Ejército, realizados en forma indiscriminada, véase Dolan, Edwin G. TANSTAAFL. Nueva York, Holt, Rinehart & Winston, 1971, p. 96.

[9] Véase Poole, Robert, Jr. “Reason and Ecology.” En: James, D. (ed.). Outside, Looking In. Nueva York, Harper & Row, 1972, pp. 250-251.

[10] Hays, Samuel P. Conservation and the Gospel of Efficiency. Cambridge, Harvard University Press, 1959, pp. 50-51. Véase también Peffer, E. Louise. The Closing of the Public Domain. Stanford, Stanford University Press, 1951, pp. 22-31 passim.

[11] North, Douglass C. y Miller, Roger LeRoy. The Economics of Public Issues. Nueva York, Harper & Row, 1971, p. 107.

[12] Ibíd., p. 108. Véase también Crutchfield, James A. y Pontecorvo, Giulio. The Pacific Salmon Fisheries: A Study of Irrational Conservation. Baltimore, Johns Hopkins Press, 1969. Sobre una situación similar en la industria del atún, véase Christy, Francis T., Jr. “New Dimensions for Transnational Marine Resources.” American Economic Review, Papers and Proceedings (mayo de 1970), p. 112; y sobre la industria del mero del Pacífico, véase Crutchfield, James A. y Zellner, Arnold. Economic Aspects of the Pacific Halibut Industry. Washington, D.C., U.S. Dept. of the Interior, 1961. Para una propuesta imaginativa en cuanto a la propiedad privada sobre partes del océano incluso antes del advenimiento del alambrado electrónico, véase Tullock, Gordon. The Fisheries – Some Radical Proposals. Columbia, S.C., University of South Carolina Bureau of Business and Economic Research, 1962.

[13] Christy, loc. cit., p. 112.

[14] Ibíd., pp. 112-113. Para una discusión definitiva, económica, tecnológica y jurídica sobre todo el problema del océano y de la pesca oceánica, véase Christy, Francis T., Jr., y Scott, Anthony. The Common Wealth in Ocean Fisheries. Baltimore, Johns Hopkins Press, 1965.

[15] Las leyes de “apropiación” existentes en los estados occidentales de la Unión ya proveen las bases para la total instauración de derechos de propiedad sobre los ríos. Véase un análisis completo en Hirshleifer, Jack, Dehaven, James C. y Milliman, Jerome W. Water Supply; Economics, Technology, and Policy. Chicago, University of Chicago Press, 1960, cap. IX.

[16] Dolan, Edwin G. “Capitalism and the Environment.” Individualist (marzo de 1971), p. 3.

[17] Véase Roberts, E. F. “Plead the Ninth Amendment!” Natural History (agosto-septiembre de 1970), pp. 18 ss. Para una historia y un análisis definitivo del cambio en el sistema legal hacia el crecimiento y los derechos de propiedad en la primera mitad del siglo xix, véase Horwitz, Morton J. The Transformation of American Law, 1780-1860. Cambridge, Harvard University Press, 1977.

[18] Citado en Katz, Milton. The Function of Tort Liability in Technology Assessment. Cambridge, Harvard University Program on Technology and Society, 1969, p. 610.

[19] Bubb, Frank. “The Cure for Air Pollution.” The Libertarian Forum (15 de abril de 1970), p. 1. Véase también Dolan, TANSTAAFL, pp. 37-39.

[20] Véase Jacobs, Jane. The Economy of Cities. Nueva York, Random House, 1969, pp. 109 ss.

[21] Poole, op. cit., pp. 251-52.

[22] Poole, op. cit., p. 245.

[23] En tal sentido, véase Dolan, TANSTAAFL, p. 39, y Katz passim.

[24] Poole, op. cit., pp. 252-253. La afirmación de Friedman puede encontrarse en Maiken, Peter. “Hysterics Won’t Clean Up Pollution.” Human Events (25 de abril de 1970), pp. 13, 21-23. Una presentación más completa de la posición de Friedman puede hallarse en Crocker, Thomas D. y Roggers III, A. J. Environmental Economics. Hinsdale, Ill., Dryden Press, 1971; y se encuentran posturas similares en Dales, J. H. Pollution, Property, and Prices. Toronto, University of Toronto Press, 1968, y en Ruff, Larry E. “The Economic Common Sense of Pollution.” Public Interest (primavera de 1970), pp. 69-85.

[25] Garvin, Glenn. “Killing Fire Ants With Carcinogens.” Inquiry (6 de febrero de 1978), pp. 7-8.

El fiasco de la teoría marxista de la explotación. Juan Ramón Rallo

Posted By: admin on 25 January, 2013 in Cedice, Destacado, Formación, Ideas para la Libertad - Comments: No Comments »

Sabido es que Marx popularizó la idea de que los capitalistas explotaban a los trabajadores al apropiarse de parte de su trabajo. El argumento, desvestido de toda su hojarasca, es relativamente simple: las mercancías que sean útiles se intercambian a largo plazo según el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirlas, de modo que cada trabajador debería quedarse el (equivalente) al fruto íntegro de su trabajo. Sucede, sin embargo, que el capitalista, pese a no trabajar, se queda con una parte de los bienes que se producen gracias a su monopolio de los medios de producción distintos del trabajo (que si bien no son fuente de nuevo valor, sí son bienes complementarios indispensables para el trabajador): el capitalista remunera el trabajo (incluyendo el trabajo contenido en factores distintos del trabajo, lo que Marx llama “capital constante”) por 100 (D), ese trabajo lo transforma en mercancías (M) y las mercancías se terminan vendiendo por 120 (D’). Que ello sea así sólo puede deberse a que hay una parte del trabajo que no se paga (D’-D) pero que sí produce mercancías con valor de cambio (una parte de M). Esa diferencia es justamente la plusvalía o plusvalor, la medición exacta de la explotación laboral o del trabajo prestado por el obrero al capitalista y que no ha obtenido remuneración. ¿La solución? Traspasarles los medios de producción a los trabajadores para que puedan retener el producto íntegro de su trabajo sin intermediarios capitalistas que se apropian de parte del sudor de su frente.
La teoría marxista tiene distintos problemas, como hacer depender todo el valor de cambio del trabajo acumulado (y no de la utilidad marginal de los distintos bienes, como si el que una clase de mercancías tuviese una función social dotara a todas las unidades de esa categoría de función social) o lo que se ha conocido como el problema de la transformación: si sólo los trabajadores son capaces de crear nuevo valor de cambio (y no las máquinas, por ejemplo) y las mercancías se intercambian según sus valores de cambio, ¿por qué la tasa de beneficios de las distintas industrias tiende a converger a una misma cifra si esas industrias utilizan “composiciones orgánicas del capital” muy dispares? En teoría, aquellas industrias muy intensivas en trabajo (y por tanto, con mucha masa de trabajadores explotados insuficientemente pagados) deberían ser más provechosas que las muy intensivas en capital, pero en general la rentabilidad de todas las industrias del mercado converge en una misma tasa. Pero su mayor problema es una naturaleza muy distorsionada del capital: Marx asume que el valor del capital se determina por el trabajo que costó producirlo y que el valor de ese capital se traslada, en función de su depreciación, al valor de la mercancía final; es una especie de contabilidad de coste histórico según el tiempo de trabajo utilizado.

El problema, claro, es de enorme gravedad: que una imprenta tenga un precio de 100 onzas de oro (porque el tiempo de trabajo necesario para fabricarla ha sido el equivalente a 100 onzas de oro) no significa que, asumiendo que pueda imprimir hasta 1.000 libros, el valor que impute a cada libro sea de 0,1 onzas de oro. Las cosas funcionan más bien al contrario: precisamente porque los consumidores están dispuestos a pagar al menos 0,1 onzas de oro por cada libro, la imprenta podrá tener un valor de mercado de 100 onzas de oro. Si, en cambio, los consumidores dejan de valor tanto los libros impresos y pasan a valor más los libros electrónicos, esa misma imprenta, aunque el tiempo de trabajo socialmente necesario para fabricarla sea el mismo y aunque los consumidores sigan demandando libros impresos (aunque en mucha menor cantidad, se depreciará enormemente.

Establecida la correcta relación entre el precio de los bienes de consumo y los de los bienes de capital, la siguiente cuestión es: ¿por qué si una imprenta puede imprimir durante los próximos diez años 1.000 libros con un valor de mercado de 0,1 onzas de oro la imprenta jamás costará 100 onzas de oro sino bastante menos? Obviemos los costes complementarios (que, siguiendo a Marx, sólo se trasladarían al precio final, esto es, si para imprimir un libro tenemos que pagar salarios de 0,02 onzas por libro y si además dejamos de pagarle 0,01 onzas al trabajador por su jornada, el precio final del libro será de 0,13 onzas), pues no subyace ahí la dificultad: el tema es, ¿por qué nadie pagaría hoy 100 onzas por un activo para recibir de vuelta, a lo largo de los próximos diez años, esas mismas 100 onzas? O todavía mejor, ¿por qué nadie pagaría hoy 100 onzas por un activo para recibir vuelta (o tal vez no hacerlo), a lo largo de los próximos diez años, esas mismas 100 onzas? Pues básicamente porque 100 onzas presentes y seguras no tienen el mismo valor que 100 onzas futuras e inseguras. Y quien dice onzas, dice satisfacción inmediata y segura de necesidades presentes frente a satisfacción futura e insegura de necesidades presentes: no es lo mismo gastarse 100 onzas de oro hoy en divertimentos varios que gastárselas en una inversión que nos permitirá recuperarlas con el paso de los años. Lo lógico es que compráramos la imprenta por, por ejemplo, 90 onzas para arriesgarnos a recibir 100 a lo largo de los próximos diez años.
Pero si el capitalista compra por 90 para recibir 100, está obteniendo plusvalías, y son unas plusvalías que no están vinculadas a la explotación del trabajador, sino al valor que tiene esperar y asumir riesgos en un proceso productivo: dicho de otro modo, el tiempo y el riesgo son tan factores productivos como el trabajo (si no estamos dispuestos a esperar y a asumir riesgos, no se produce, por mucho trabajo en abstracto que tengamos). Dado que el capital que se adelanta en forma de salarios y en forma de bienes complementarios supone también una espera y asunción de riesgos para el capitalista, ¿no será que la plusvalía no procederá del atraco a mano armada al trabajador sino de la remuneración de esos dos factores productivos (tiempo y riesgo)?
El propio Marx se retrata cuando describe cómo funcionaría la producción y los intercambios en una economía donde los medios de trabajo estuvieran socializados: “A igual tiempo de trabajo, las plusvalías serían las mismas para el trabajador I [que utiliza más medios de producción] y el trabajador II [que utiliza menos medios de producción] o, más exactamente aun, puesto que tanto I como II obtienen el valor del producto de una jornada laboral, cosechan, luego de deducir el valor de los elementos “constantes” adelantados, iguales valores, de los cuales una parte puede ser considerada como la reposición de los medios de subsistencia consumidos en la producción, y la otra como el plusvalía excedente por encima de dicha reposición. Si I tiene más desembolsos, éstos se reponen merced a la mayor parte de valor de su producto destinada a reponer esa parte “constante”, y por ello también debe reconvertir una parte mayor del valor global de su mercancía en los elementos materiales de esa parte constante, mientras que II, si embolsa menor cantidad a cambio de ello, también debe reconvertir tanto menos. Por consiguiente, bajo este supuesto la diversidad de las tasas de ganancia sería una circunstancia indiferente, tal como hoy en día le resulta indiferente al asalariado la tasa de ganancia en la cual se expresa la cantidad de plusvalía que le ha sido expoliada”.

La hipótesis esencial en el párrafo anterior es la de que dos bienes que requieran el mismo tiempo de trabajo deberán poseer el mismo valor de cambio (ya sea tiempo de trabajo prestado directamente por el trabajador o tiempo de trabajo “cristalizado” en los medios de producción que utiliza) y, por tanto, el mismo precio (nótese que en la teoría de Marx precio y valor de cambio sólo coinciden cuando los trabajadores son dueños de los medios de producción, como en el caso anterior). Pero esto simplemente no tiene ningún sentido. Supongamos que para producir 100.000.000 de kilos de trigo se necesitan 50 años de trabajo y que para edificar una vivienda también se requieren 50 años de trabajo; según Marx, salvo oscilaciones a corto plazo, deberían intercambiarse por el mismo precio. Pongamos que 1.000 onzas de oro. Bueno, admitamos que así es: si un trabajador tiene 100.000.000 kilos de trigo y otro tiene una vivienda, asumamos que pueden intercambiarlos. Pero el asunto clave es otro: ¿acaso podemos esperar que si un trabajador tiene 100.000.000 kilos de trigo contigo estará dispuesto a intercambiarlos por el derecho a recibir una vivienda dentro de 50 años?
Fijémonos que, según Marx, la transacción es idéntica: lo que se intercambian son tiempos de trabajo. Pero en un caso el fruto del trabajo de 50 años ya está disponible (100.000.000 de kilos de trigo) y en el otro todavía habrá que esperar 50 años a que lo esté (si es que el trabajador no se muere mientras tanto, no se fuga o cualquier otra riesgosa desgracia que le inhabiliten a cumplir su promesa). No, sencillamente no podemos esperar que una vivienda ya producida se intercambia por 100.000.000 de trigo ya producidos, esos 100.000.00 kilos de trigo también se vayan a intercambiar por una casa disponible dentro de 50 años. Y no podemos esperarlo por el simple motivo de que una casa hoy no tiene el mismo valor que una casa dentro de 50 años. Si necesitamos ya la casa, sólo estaremos dispuestos a comprar la promesa de entrega de la vivienda a cambio de un descuento muy grande en su precio, por ejemplo, desde las 1.000 onzas de oro que vale una casa ya construida a las 200 onzas que puede valer una casa construida en 50 años: justamente esa plusvalía (pagar 200 hoy para recibir 1.000 en 50 años) es el tipo de interés (en concreto, equivale a un tipo anual medio del 2,8%).
Lo mismo cabe concluir, pues, de los capitalistas que adelantan bienes presentes a sus factores productivos (entre ellos los trabajadores) a cambio de recibir, cuando el proceso productivo concluya, bienes futuros. Existe necesariamente una diferencia de valor entre los bienes presentes a los que renuncian hoy y los bienes futuros que adquirirán, si es que todo sale bien, el día de mañana. Y esa diferencia de valor, y no la apropiación de un tiempo de trabajo no remunerado, es la plusvalía, esto es, el interés derivado de esperar y asumir riesgos hasta que el proyecto productivo concluya.
Son muchos quienes no entienden bien este concepto de que los capitalistas adelanten bienes presentes para recibir, dentro de mucho tiempo, bienes futuros. Pero sólo tienen que irse al balance de cualquier empresa: por ejemplo, General Electric ha invertido (adelantado) capitales por importe de 685.000 millones de dólares para recuperar en forma de flujos operativos de caja (antes de intereses) de alrededor de 35.000 millones. Es decir, el conjunto de los capitalistas de General Electric ha renunciado a 685.000 millones de dólares (y su equivalente en bienes presentes) para percibir año a año una renta de 35.000 millones. A este ritmo, se necesitarían 20 años para recuperar todo el capital adelantado. ¿Acaso estamos diciendo que los capitalistas que adelantan 685.000 millones –que se abstienen de consumirlos en el momento en el que deseen y que asumen riesgos de no recuperarlos– no deberían percibir ninguna remuneración por ello? Que durante los próximos 20 ó 30 años se deberían contentar con recuperar, si es que todo va perfectamente, tan sólo los 685.000 millones de dólares que han adelantado y no percibir ninguna remuneración por su tiempo de espera y por su riesgo? Es decir, ¿estamos sosteniendo cabalmente que es lo mismo disponer de 1.000 euros hoy que de 1.000 euros en 500 años (asumiendo cero inflación) aunque ambos valores contengan el mismo tiempo de trabajo?
Pues eso es lo que subyace en todo el análisis marxista de la explotación. Al cabo, si los capitalistas no adelantaran su capital y ahorro al resto de factores productivos, éstos lo tendrían tan sencillo como fabricar los medios de producción de manera cooperativa. Ah, ¿que les tocaría esperar muchos años hasta completar la construcción de edificios, infraestructuras, maquinarias, inventarios, etc. similares a los de General Electric o cualquier otra compañía? Pues eso, todo ese tiempo que les tomaría fabricarlos desde cero, son precisamente los bienes presentes que adelantan los capitalistas. Nacionalizar los medios de producción y redistribuirlos entre los trabajadores no cambiaría nada las cosas (obviando todos los enormes problemas de cálculo económico que llevarían a esa economía al desastre), pues en un par de generaciones volvería a haber personas que han dilapidado sus capitales y otras que los han acumulado y volveríamos a la situación de partida, que no es una situación de explotación sino de intercambio de bienes presentes (el ahorro de los capitalistas) por bienes futuros (la producción futura de los trabajadores y del resto de factores productivos complementarios a los que se les adelantan los bienes presentes). Böhm-Bawerk lo expresó de manera bastante más sintética: “Me parece justo que los trabajadores cobren el valor íntegro de los frutos futuros de su trabajo, pero no que cobren la totalidad de ese valor futuro ahora”.

¿Por qué fracasan los países? Carlos Goedder

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Publicado Jan 21, 2013

Uno de los mejores libros de economía publicados en el año 2012 estudia el porqué sólo ciertas naciones hacen posible una vida próspera y feliz a sus ciudadanos A la flamante Doctora Conchi Díaz García

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